martes, 13 de abril de 2010

REMESEROS NO CUENTAN- MI PUNTO DE VISTA- POR JGUZ

REMESEROS NO CUENTAN

Por Elmer Palma

Se publica un articulo en un periódico salvadoreño (ver) en el que se discuten importantes cambios al código electoral salvadoreño. Entre ellos, creación de una ley de partidos políticos, reparto de concejales en las alcaldías entre los partidos participantes y ampliación del voto residencial.

Perfecto, excelente discusión y trabajo unánime entre dos importantes fuerzas políticas rivales en el pasado ideológicamente. Pero el Voto en el Exterior ni siquiera lo mencionan, como quien dice, los que mantienen nuestros jugosos sueldos aquí no cuentan.

Ver artículo completo
http://salvadorenosenelmundo.blogspot.com/2010/04/los-remeseros-salvadorenos-no-cuentan.html

Mi punto de vista.

No creen que ya, va siendo tiempo de tomar acción sobre este tópico, como tratar de obtener el pronunciamiento de las organizaciones salvadoreñas dispersas por el mundo e involucrarlas para demandar este nuestro derecho.

No podemos estar hablando paja de cambios y democracia si están dejando por fuera a más de 2.500.000 de salvadoreños.

Al negarnos el derecho al voto en el exterior quizá inventando las mil escusas después de escuchar a la diáspora salvadoreña. No perdemos sino que ganamos todos.

Encontraríamos el eslabón perdido de nos integre y fomente la unión como diáspora salvadoreña

Se dejaría al descubierto la falacia de la política nacional. Que solo servimos como remeseros, una escusa valida para justificar gastos de viaje, potenciales patrocinadores de esos viajes para que nos sigan dando atol con el dedo y/o sacar el billete.

Ganaríamos conciencia social, al darnos cuenta que primero y antes que todo, tenemos que consolidarnos y adquirir el protagonismo de acuerdo al numero representamos al interior de la sociedad en la cual por ahora vivimos y no descuidar nuestro contexto, maximizando los beneficios a nuestra disposición para forjar nuestro propio desarrollo socioeconómico, cultural y político local.

Solo así podemos tener la capacidad de ayudar a los que dejamos atrás. Pensando en trabajar directamente con ellos, no a traves de protagonistas que solo sirven para saludar con sombrero ajeno, llámense locales o nacionales. Tenemos la capacidad de construir escuelas y universidades, apoyar programas sociales y culturales, deporte, etc. Se necesita invertir en las nuevas generaciones. Tal vez de este esfuerzo logre salir al menos una camada de mentes abiertas y visionarias.

Para lograrlo no necesitamos a los políticos y/o a sus partidos, que solo vienen por vernos el signo de dólar en nuestras frentes o a locales jugando a ser lideres para sus propios intereses.

Necesitamos quitarnos la venda de los ojos y dejar por un lado la nostalgia. Por muy buenas intenciones que tengamos. No nos demos paja, mientras exista el egoísmo, los intereses particulares, la corrupción, la demagogia, la falacia, la impunidad, se libere a la cultura y las artes. Se conozca la verdad histórica de la guerra y se conozcan los nombres y rostros protegidos por la admistia… Todo ello resumido en una solo palabra (política).

El Salvador, esta y estará bien jodido.

Lo mas risible e irónico de los salvadoreños en el exterior. Es que tenemos la capacidad de organizar marchas y exigir derechos como ilegales en un país que no es el nuestro. Y no hemos podido hacer nada por un derecho constitucional inalienable que es nuestro por ser salvadoreños de nacimiento en nuestro propio país.

Es el momento de los hechos y acciones, más que retorica. Comparto algunos pensamientos para la reflexión.

“La vida sólo puede ser comprendida
mirando para atras;
mas sólo puede ser vivida
mirando para adelante."


(Soren Kierkegaard)
"Para qué repetir los errores antiguos
habiendo tantos errores
nuevos que cometer?"

(Bertrand Russel)

jueves, 8 de abril de 2010

MEMORIA, VERDAD Y PERDON- POR SANDRA GUITIERREZ POIZAT

Prensa digital Cotrapunto.


Lloré de emoción el día que se firmaron los Acuerdos de Paz y desde entonces no he olvidado, no puedo ni quiero olvidar

SAN SALVADOR - El día de ayer tuve la oportunidad de estar en una conferencia pública en la UCA. En ella se trataba sobre los temas de verdad, justicia y reparación integral de los daños causados por la violencia durante los años del conflicto armado. Fui con ánimo de informarme sobre el caso jesuitas, conocer más sobre la comisión de amnistía en Brasil y obtener de primera mano la posición del IDHUCA sobre dichos temas. Salí conmovida profundamente.

Entre los panelistas estaba Mario Zamora, hijo de uno de los dirigentes democratacristianos más importantes del país, y asesinado por los escuadrones de la muerte en su propia casa. Mario compartió de manera serena con el público los acontecimientos que se dieron el día del asesinato de su padre. No desde la perspectiva de un adulto, sino a través de los ojos del niño que él era en ese entonces. Su mirada se perdía a veces y se notaba el esfuerzo que hacía en momentos duros del relato. Pero lo contó todo.

Un niño (a través del cuerpo de un hombre), nos contaba cómo vivió la noche que mataron a su padre y su posterior sepelio. Un adolescente (en el cuerpo del mismo hombre), más adelante relataba cómo sintió la dureza del exilio y la necesidad de regresar a El Salvador a pesar de todo. Un hombre terminó diciéndonos que el niño y el adolescente que fue, sufrieron sí, y siguen sufriendo en el hombre que es porque aún no conocen la verdad. No pude evitar algunas lágrimas por lo fuerte de la atmósfera.

Pero lo más duro de la historia aún no llegaba. Lo más duro e importante era esa constatación de la necesidad imperiosa de conocer la verdad. No con ánimos de venganza, sino lo más sublime: para poder PERDONAR. Mario decía: “necesito saber quién lo hizo y por qué lo hizo, para saber a quién debo perdonar y por qué”.

En ese momento me di cuenta que como sociedad entera necesitamos conocer la verdad, por muy dura que ésta sea. Necesitamos reconocer rostros, verles de frente, conocer sus motivos, sólo de esa forma podremos perdonar. El perdón, por otra parte, no significa olvido ni mucho menos no hacer que el sistema judicial siga su curso y no se castigue a quién debe ser castigado. Me recuerdo que después de la firma de los Acuerdos de Paz, y a partir del trabajo de la Comisión de la Verdad, se nos dijo: habrá amnistía general y ahora comienza un proceso de perdón y olvido. Ese proceso era imposible ya que no conocíamos la verdad… ¿qué debíamos perdonar? ¿qué debíamos olvidar?

Yo soy parte de la generación de la guerra. Nací en los años de turbulencia social (1971). Crecí en medio de bombas, cateos, muerte e incertidumbre. Lloré de emoción el día que se firmaron los Acuerdos de Paz… y desde entonces no he olvidado, no puedo ni quiero olvidar. Pero sí necesito perdonar. Yo también necesito perdonar y quiero saber a quiénes, y por qué lo hago. Después de ayer estoy aún más convencida que debemos siempre luchar por conocer nuestras historias, que son muchas y en muchos casos silenciadas por fuerzas aplastantes.

Las múltiples historias de El Salvador, las múltiples verdades de este pueblo que nos permitirán dar un paso más como sociedad en la búsqueda de nuestras propias formas de convivencia.

http://www.contrapunto.com.sv/index.php?option=com_content&view=article&id=2726:noticias-de-el-salvador-contrapunto&catid=96:colaboradores&Itemid=123

UNA HISTORIA QUE CONTAR DE SEMANA SANTA XIII

MONS. OSCAR ARNULFO ROMERO: IMAGEN UTILIZADA POR EL MAGISTERIO PARALELO

Autor: Mons. Freddy Delgado,
Secretario de la Conferencia Episcopal de El Salvador
Fuente: Conferencia Episcopal de El Salvador.

Este informe reservado de Mons. Freddy Delgado, Secretario de la Conferencia Episcopal de El Salvador ilustra el tipo de revolución marxista-eclesiástica aplicado en Cuba, Nicaragua, Guatemala, México y en este caso en San Salvador...

En vista de que monseñor Luis Chávez y González y monseñor Arturo Rivera Damas fueron marginados por el Grupo de Reflexión Pastoral y por los nuevos jesuitas, estos se dedicaron a buscar al futuro arzobispo de San Salvador. Monseñor Chávez iba a dimitir dentro de poco tiempo al cumplir los 75 años de edad. El candidato de ellos era monseñor Oscar Arnulfo Romero.

Se inicio una campaña de desprestigio contra obispos candidatos a la sucesión y otra campaña de desprestigio contra el Gobierno. Al frente de esta campaña estuvieron los padres César Jerez y Francisco Estrada, en Europa; el Dr. Oqueli Colindres, Rubén Zamora y Jorge Cáceres Prendes. Fue desplazado de Argentina el ex-sacerdote José Miguel Bonino, teólogo de la liberación y más tarde presidente del Consejo Mundial de las Iglesias en Ginebra, Suiza, para que viniese a manejar este asunto. Bonino se inscribió como estudiante en la UCA y llegó a ser director del Instituto de Turismo (ISTU) dedicándose de lleno a buscar al sucesor de monseñor Luis Chávez en el arzobispado de San Salvador. Bonino escogió a monseñor Oscar Arnulfo Romero Galdámez.

Con él, no se volvería atrás en la “línea de pastoral encarnada en el pueblo”, les permitiría instrumentalizar de lleno a la Iglesia y evitar todo enfrentamiento con la misma. La Iglesia católica era un instrumento de poder que debería colaborar a la causa de la revolución comunista. Después de ser elegido monseñor Romero, Bonino abandonó el país expresando, antes de partir, lo siguiente: “Gracias a Dios ya nos han dado un arzobispo que se convierta inmediatamente: monseñor Oscar Arnulfo Romero”. No sonaba como verdadera esa afirmación para quien conocía la personalidad de monseñor Romero y sus continuas denuncias contra el compromiso político de monseñor Luis Chávez y monseñor Rivera Damas por apoyar a ciertos sacerdotes cuyas actitudes no eran muy claras. Sin embargo Bonino dijo: “Tenemos un arzobispo manejable”.

El 8 de febrero de 1977 fue nombrado arzobispo de San Salvador monseñor Oscar Arnulfo Romero Galdámez, hasta ese momento obispo de Santiago de María. El 22 de febrero tomó posesión del arzobispado. La ceremonia se realizó en la iglesia de San José de la Montaña porque la iglesia catedral fue ocupada por el “Grupo de Reflexión Pastoral” para impedir que el arzobispo tomase posesión de la misma.

Del día 24 al 28 de febrero de 1977 monseñor Romero se encerró con un grupo de sacerdotes en el Seminario San José de la Montaña. Fue aislado por completo, no se le permitió que se le hablase. Para ello se puso una religiosa en la portería del Seminario. Entre los sacerdotes que le practicaron durante esos días un psicoanálisis, como lo afirma el padre Placido Erdozain en su opúsculo “Monseñor Romero, mártir de la Iglesia Popular” se encontraban Inocencio Alas, Astor Ruíz, Fabián Amaya, Rutilio Sánchez y Alfonso Navarro. Durante esos días le analizaron la situación nacional vista a través del análisis marxista.

Descubrieron el fallo psicológico y personal de monseñor Romero. Los sacerdotes del “Grupo” se ofrecieron como grupo de apoyo en el gobierno pastoral de la arquidiócesis. El primero de marzo de ese año declaró monseñor Romero que su línea pastoral sería la de Medellín y que se solidarizaba con la línea pastoral del Grupo de sacerdotes que, en esa línea, realizaba una pastoral “liberadora”, no obstante que ese grupo le impidió tomar posesión de la arquidiócesis en la catedral.

Hasta se momento monseñor Romero siempre se había manifestado en contra de la línea pastoral de Medellín. Declaro igualmente que no tendría ninguna relación con el Gobierno en protesta por la masacre acaecida a las 10:30 de la noche del día anterior, 28 de febrero. En esa ocasión aparecieron las Ligas Populares 28 de febrero (LP-28), grupo armado comunista. Ese mismo día salió el primer Boletín de la Oficina de Prensa del arzobispado de San Salvador.

El día 12 de marzo de ese mismo año a las 17:30 de la tarde fue asesinado el P. Rutilio Grande, párroco de Aguilares, con sus dos acompañantes, Manuel Solórzano de 62 años de edad y Nelson Rutilio Lemus de 15 años. En la misa de sepelio del padre Rutilio Grande, a la cual asistió todo el episcopado y ante la sorpresa y estupor de todos los obispos, monseñor Romero afirmó en la homilía fúnebre que apoyaba la línea de acción pastoral del padre Grande como la línea de la auténtica pastoral de la Iglesia El domingo 20 de marzo decretó monseñor Romero la suspensión de la celebración de la misa en todas las iglesias y capellanías de la arquidiócesis y convocó a una misa única en la catedral contra el sentir de la Nunciatura”.

En su última etapa, el padre Rutilio Grande se había enfrentado con los sacerdotes marxistas que se entrometían en su parroquia para adoctrinar a los campesinos en el marxismo-leninismo. Ya no era un colaborador útil y además pidió insistentemente al padre provincial Estrada, el traslado porque se sentía muy incómodo, es decir, muy amenazado, en Aguilares. El luto decidido por monseñor Romero, influido por los sacerdotes revolucionarios, parecía indicar que el padre Grande había sido asesinado por los anticomunistas. Pero ya había dejado de ser útil a los revolucionarios y creo sinceramente que por ahí habría que buscar la razón de su muerte.

“Los padres revolucionarios comenzaron a trabajar febrilmente en el arzobispado después de la toma de posesión del mismo por monseñor Romero, algo inaudito y nunca visto hasta ese momento en el país. Con frecuencia se veía en las oficinas del arzobispado a los jesuitas Francisco Estrada, Ignacio Ellacuría, Isidro Pérez Stein y otros más. El padre Rafael Moreno, doctor en marxismo, era el jefe de relaciones públicas del arzobispado. El Magisterio paralelo manejaba también todas las informaciones del arzobispado, la radio YSAX estuvo en manos del padre Angel María Pedrosa. Algunos hablan incluso de un verdadero lavado de cerebro al obispo por parte de los sacerdotes marxistas.

A La pregunta que se le hiciera a uno de ellos, ¿por qué los sacerdotes revolucionarios colaboraban tan activamente en el arzobispado de San Salvador? Aquel contestó: “acuerpando a este pobre hombre que no sabe qué hacer con esta diócesis en un momento tan difícil, y viendo qué es lo que la UCA puede hacer por el arzobispado”. Según el mismo entrevistado, monseñor Romero Estaba guiado por el equipo pesado de estos sacerdotes y por la inteligencia de la UCA.

Varias personas invitaron a monseñor Romero a su casa para ayudarle a reflexionar sobre la posibilidad de evitar que le usasen a él como instrumento para sus propios objetivos ya que algunos hechos lo demostraron así. Al principio monseñor Romero se mostró agradecido e interesado en dicha ayuda. Pero alguien se propuso apartarlo de dichas reuniones mensuales.

El padre belga Pedro Declercq reunió en su Colonia Zacamil a varias ex religiosas que dejaron o fueron expulsadas de sus Congregaciones respetivas por diferentes motivos, a las cuales se añadieron algunas señoritas activistas de la revolución comunista y así fundó una nueva congregación de religiosas. Así nació la Congregación de Monjas de la Iglesia Popular, de la “Nueva Iglesia”. Estas religiosas, con cruz de madera al pecho, aparecieron en varias oficinas del arzobispado. Una de ellas fue la secretaria privada de monseñor Romero, otra la encargada del archivo del arzobispado.

El “triunfalismo” que se había criticado y combatido meses antes en el trabajo pastoral de la Iglesia, renació ahora en torno a la persona de monseñor Oscar Arnulfo Romero, en quien el Grupo de Reflexión Pastoral o la Iglesia Popular, como se le llamó después, encontró la coyuntura propia para una verdadera instrumentalización de la Iglesia católica para la causa comunista. La Iglesia Popular acorraló a monseñor Romero prestándole orientación, asesoramiento y ejecución en la acción pastoral.

Lo encumbraron ante la opinión pública para ganarse las masas por medio de lo religioso; después lo hicieron caer de su pedestal para quedarse con las masas trabajadas por monseñor Romero. Para mover las masas la revolución necesita de un mito. Monseñor Romero fue elegido para ello. El Grupo conocía muy bien que la popularidad o la publicidad era un punto débil en la personalidad de monseñor Romero y la explotó a favor de la causa comunista.

En una ocasión monseñor Ricardo Urioste entrevisto a monseñor Romero por la radio católica YSAX y le preguntó qué decía de algunas personas que se quejaban por los aplausos durante la misa que se celebraba los domingos en la catedral. Monseñor Romero explicó que el aplauso era una manera también de orar, porque en la gente la oración tiene muchas formas de manifestarse; una de ellas puede ser el aplauso. Cuando esos aplausos se dan en las homilías pueden ser un amén a la voz del profeta.

El 14 de febrero de 1978 se le otorgó a monseñor Romero el doctorado honoris causa de parte de la Universidad de Georgetown en los Estados Unidos. El 7 de diciembre de 1978 monseñor Romero fue propuesto como candidato para el premio Nobel de la paz por 118 miembros del parlamento británico. Más tarde la universidad de Lovaina. Bélgica, le otorgó el doctorado honoris causa.

Mons. Romero involucro a un grupo de militares jóvenes en el proyecto de golpe de Estado porque no les convenía tener en su contra al arzobispo de San Salvador. El 15 de octubre de 1979 se produjo el golpe de Estado. El gobierno del general Romero había perdido su prestigio y autoridad. Se instaló una junta revolucionaria de gobierno formada por dos militares que declararon que la Junta se completaría con la incorporación de tres civiles que fueron escogidos por el Ejército e incorporados tres días después.

El 25 de octubre de 1979 el BPR (Bloque Popular Revolucionario) y las LP-28, grupos marxistas-leninistas, declararon traidor al arzobispo (esto se produjo cuando advirtieron que los militares, a quienes había apoyado monseñor Romero, empezaban a librarse de infiltrados marxistas-leninistas) Un grupo de religiosas le interpeló reprochándole su traición y declarando que ellas se seguirían firmes en la lucha al lado del BPR El mismo día la agencia noticiosa ACAN-EFE denunció a los sacerdotes revolucionarios como autores intelectuales del golpe de Estado.

Al hacer un análisis del Gabinete de Gobierno, se constató que en su mayoría estaba formado por elementos de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) dirigida por sacerdotes disidentes. Al día siguiente el arzobispo Romero emplazó a la junta revolucionaria para que diera cuenta de los reos políticos y de los “desaparecidos” reclamados por los grupos marxistas-leninistas. En la homilía de las misas dominicales que celebró en la catedral durante el mes de diciembre de ese mismo año, trató de recuperar las simpatías de los grupos comunistas. Ambos grupos, el BPR y las LP-28 rechazaron por dos veces la mediación que les ofreció monseñor Romero.

A mediodía del 19 de diciembre de 1979 las Ligas Populares 28 de Febrero tomaron el edificio del Seminario San José de la Montaña donde se encontraban las oficinas de la Conferencia Episcopal de El Salvador (CEDES) y del arzobispado. Tomaron como rehenes al secretario de la curia de San Salvador, padre Mariano Brito, al secretario adjunto, padre Rafael Urrutia, y a dos secretarias del arzobispado. El arzobispo estaba ausente, librándose así de quedar como rehén. Pero los ocupantes reclamaban su presencia para que mediase ante la Junta para la liberación de algunos miembros de las LP-28 que fueron capturados durante el desalojo de varias empresas y propiedades agrícolas que ellos habían tomado días atrás. En una ocasión salieron del seminario el obispo presidente de la Conferencia Episcopal, monseñor José Eduardo Alvarez, quien estaba en su oficina, el secretario y la secretaria. El objetivo de las LP-28 era el arzobispo Romero”.

Un desenlace inesperado

“El Papa Pablo VI llamó al arzobispo Oscar Arnulfo Romero a Roma para enterarse de primera fuente de la labor pastoral del arzobispo y darle las recomendaciones e indicaciones del caso para evitar males posteriores. Después de la muerte de Juan Pablo I, Juan Pablo II llamó también a Roma al arzobispo.

El domingo siguiente a su regreso de Roma señaló las injusticias y desmanes de los grupos marxistas-leninistas. La respuesta, al interior del arzobispado, fue inmediata. Al día siguiente, lunes, los sacerdotes de la Iglesia Popular y las religiosas de la “Nueva Iglesia” que trabajaban en las oficinas del arzobispado, en el edificio del seminario San José de la Montaña, abandonaron sus despachos en señal de protesta. Mons. Romero confesó el hecho en la homilía del siguiente domingo en la catedral: “Me han dejado solo”.

Monseñor Romero había traicionado a los grupos comunistas y a la causa marxista-leninista. Esto significaba, en la disciplina comunista, pena de muerte. Monseñor Romero quiso congraciarse con los grupos comunistas volviendo, en la homilía de los domingos subsiguientes, al sistema de denuncia en contra del Gobierno, haciendo caso omiso de las injusticias comentadas por los grupos comunistas o señalándolas de forma paliativa. El personal del arzobispado que abandonó sus oficinas volvió de nuevo a sus puestos de trabajo. Las relaciones entre los grupos marxistas-leninistas, FPL (Frente Popular de Liberación) LP-28, ERP, FAL (Fuerzas Armadas de Liberación) con el arzobispo se hicieron, ante estos vaivenes, cada vez más tirantes.

El mes de febrero de 1980 Mons. Romero escribió una carta al presidente del secretariado del Episcopado de América Central (SEDAD) pidiéndole que publicara un documento de apoyo para su persona, porque había caído en una situación difícil de la que él no podía salir. El servicio de Inteligencia del Gobierno (ANSESAL) le había hecho saber que tenía conocimiento del peligro que corría su vida. En la homilía dominical del 23 de marzo de 1980 invitó y ordenó a los soldados y agentes de seguridad que no obedecieran la orden de combatir al pedirles y exigirles no matar más hermanos salvadoreños.

El 24 de marzo de 1980 por la mañana Mons. Romero se reunió en el mar con tres sacerdotes de su arquidiócesis que no estaban de acuerdo con la”pastoral de liberación” de la arquidiócesis durante un retiro del clero. Mons. Romero se sinceró con esos sacerdotes y éstos le sugirieron que se apartara de esa línea de acción pastoral. Esa misma tarde del 24 de marzo, a las 17:40, mientras celebraba una misa en el Hospital de la Providencia, fue asesinado de un tiro de fusil de 25 milímetros envenenado, que le pasó cerca del corazón y le rompió las principales arterias, originándole una mortal hemorragia.

A esa misma hora, en forma sincronizada, estallaron bombas a todo lo largo del país. Mientras tanto en la Universidad Nacional, que en ese entonces era el cuartel general de las agrupaciones comunistas y ocupaban cada una de ellas un edificio distinto, el ERP y las LP-28 recriminaron desde los altavoces a las Fuerzas Populares de Liberación por haber asesinado a Mons. Oscar Arnulfo Romero, Esa reacción fue inmediatamente controlada.

La conferencia Episcopal quiso celebrar un funeral por monseñor Romero en la iglesia basílica del Sagrado Corazón en donde las FPL se habían adueñado del cuerpo de monseñor Romero. La víspera del funeral, miércoles 26 de marzo, monseñor Ricardo Urioste, elegido vicario capitular de la arquidiócesis, disuadió a los señores obispos de que celebrasen el funeral, alegando que él sabía que los comunistas iban a tomar en rehenes a todos los obispos y al nuncio apostólico para presionar al Gobierno para que capturase y castigase a los asesinos de monseñor Romero.

La catedral estaba esos días ocupada por los guerrilleros comunistas y por sacerdotes de la Iglesia Popular. Sobre el frontispicio de la catedral colocaron una manta en la que escribieron que rechazaban la presencia de los obispos salvadoreños Aparicio, Alvarez, Revelo y el secretario de la Conferencia Episcopal, Freddy Delgado, en los funerales que se celebrarían, frente a la catedral, el día 30 de marzo, domingo de Ramos de ese año. A la hora de la homilía de la misa del funeral, los grupos comunistas hicieron estallar bombas en los contornos de la plaza Gerardo Barrios enfrente a la catedral en donde la multitud había reunido para el funeral de Mons. Romero.

Muchas personas resultaron muertas, heridas y golpeadas. Los comunistas disparaban al aire y sobre la multitud para aterrorizarla. El ministro de Relaciones Exteriores de Nicaragua, padre D´Escoto, que concelebraba la misa junto con los otros sacerdotes, pedía por radio desde la catedral al Presidente José Napoleón Duarte que ordenase a las tanquetas militares alejarse del lugar de la tragedia. El Presidente le respondió que no había tanquetas y que las fuerzas de Seguridad se hallaban acuarteladas. Así fue en realidad. Las FPL, LP-28, ERP, FARN-RN calcularon mal, porque la inteligencia de la Fuerza Armada descubrió el plan que tenían entre manos de culpar al Gobierno de tan tremenda tragedia y ordenó al Ejército y a los Cuerpos de Seguridad que permaneciesen en sus cuarteles. El cardenal de México, Ernesto Corripio y Ahumada, envido por el Papa par presidir el funeral, salió ileso.

De El Salvador no asistieron por motivos de amenazas de muerte los obispos Pedro Arnoldo Aparicio, José Alvarez, Marco Revelo. Mons. Oscar Arnulfo Romero fue más útil muerto que vivo para los grupos guerrilleros comunistas que lo convirtieron en un mito. Los dominicales de monseñor Romero que fueron elaboradas en su parte teológica o doctrinal por el jesuita Jon Sobrino y Jesús Delgado, y en su parte política por los jesuitas Ignacio Ellacuría y De Sebastián, todos de la UCA. Se repitió por la radio y se publicó a profusión durante una buena temporada la parte de la homilía de monseñor Romero que dijo en la víspera de su asesinato, domingo 23 de marzo, en la que incitaba a los soldados y tropas a la rebelión, para que no obedeciesen a sus superiores negándose a matar al enemigo, la guerrilla comunista.

Aparecieron después nuevas organizaciones de apoyo de los grupos combatientes comunistas con el nombre de monseñor Oscar Arnulfo Romero; se escribieron poemas, se compusieron canciones alusivas al “obispo mártir de la Iglesia Popular” como lo calificó más de algún miembro de la Iglesia Popular, y que invitaban a la lucha a favor de la causa comunista. El Papa Juan Pablo II en su visita a El Salvador pidió que se respetara la memoria de monseñor Romero”.

Hasta aquí la parte esencial del informe de monseñor Freddy Delgado, escribió este informe como secretario de la Conferencia Episcopal de El Salvador. Al final, el homicidio convino mucho más a los grupos subversivos y a los sacerdotes disidentes que al Gobierno. Pero en todo caso se trató, según todos los indicios, de un asesinato político y no de un martirio.

UNA HISTORIA QUE CONTAR DE SEMANA SANTA XII

5. Los jesuitas de la UCA


El 16 de noviembre de 1989, a eso de las 8 de la mañana, Monseñor Rivera Damas hacía, frente a los cadáveres de los jesuitas, y después de haber rezado ante ellos, el primer comentario ante los medios de difusión que lo acosaban: "Los mató el mismo odio que a Monseñor Romero". Conociendo al Arzobispo y sabiendo la admiración que profesaba a su antecesor en el gobierno de la archidiócesis, no cabe duda que fue una primera calificación de la muerte de los jesuitas como acontecimiento martirial. Una segunda (entre muchas otras segundas) la hizo, también con ese su modo semielíptico, durante la Misa del décimo aniversario de la muerte de Monseñor Romero, pocos meses después. Durante esta Eucaristía, Monseñor Rivera anunció la introducción a nivel diocesano de la causa de beatificación de su antecesor. Hubo una gran cantidad de obispos invitados y una significativa presencia del pueblo salvadoreño.

Pues bien, entre las lecturas iniciales previas a la Palabra, la mayor parte sobre Monseñor Romero, se leyó también, parcialmente, la homilía que el Cardenal Silvestrini tuvo en Roma, en diciembre de 1989, durante una Misa concelebrada con Monseñor Rivera en la Comunidad de S. Egidio. El texto, entre otras cosas, y refiriéndose a los recién asesinados jesuitas, decía: "Tenemos que llamarlos mártires ya. No podemos esperar cincuenta años".

Al final de nuestro recorrido por el tema del martirio nuestra reflexión será muy breve. Baste en ella recorrer lo que decía el informe de la Comisión de la Verdad ya citado, y unas mínimas consideraciones posteriores.

Los jesuitas veían también cuanto de bueno encontraban a su alrededor, trataban de dialogar con ello y usaban la razón como arma. Siendo fuerza de la razón, fueron golpeados por la razón de la fuerza y por la idolatría del poder que antes denunciara Monseñor Romero.

5.1. Los hechos

El asesinato de los jesuitas es, en el informe que manejamos, el caso ilustrativo del capítulo titulado "Violencia contra opositores por parte de agentes del Estado". En él se narra, como antecedente, la identificación que representantes del Ejército hacían sistemáticamente entre los jesuitas y los subversivos. Y se explica la razón de esta animadversión de la Fuerza Armada: "El P. Ellacuría tuvo un rol importante en la búsqueda de una solución negociada y pacífica al conflicto armado. La idea de sectores de la Fuerza Armada de identificar a los sacerdotes jesuitas con el FMLN provenía de la especial preocupación que dichos sacerdotes tenían por los sectores de la sociedad salvadoreña más pobres y más afectados por la guerra. En dos oportunidades anteriores en el mismo año 1989 estallaron bombas en la imprenta de la universidad".

Los días 11 y 12 de noviembre, y en el marco de una ofensiva del FMLN lanzada contra la capital, a través de una cadena nacional de radio controlada por el Gobierno, se lanzaron al aire repetidos y sistemáticos mensajes, a través de llamadas telefónicas, incitando al asesinato de los jesuitas de la UCA y de Ellacuría en particular. El lunes 13 de noviembre, la casa de los jesuitas fue registrada y el 16, a las dos de la mañana, se les asesinó junto con la cocinera de los estudiantes jesuitas de teología y su hija, que estaban alojadas en la sala de visitas de la residencia jesuítica.

Tras su muerte, el Estado organizó una amplia red de propaganda, dentro y fuera del país, con el fin de negar cualquier posibilidad de complicidad en el asesinato, y de insinuar la posible autoría del FMLN en el mismo. Finalmente, y tras la presión internacional, así como forzados por las primeras declaraciones de un oficial norteamericano que acusaba al Coronel Benavides como autor de los hechos, se abrió el caso que culminó con la condena legal del coronel mencionado y de un teniente. La Comisión de la Verdad afirma en su informe, y da los nombres de ellos, que el Jefe del Estado Mayor Conjunto de la Fuerza Armada, "en confabulación" con otros cuatro oficiales de alta graduación (dos de ellos Viceministros de Defensa, y otro Jefe de la Fuerza Aérea) "dio... la orden de dar muerte al sacerdote Ignacio Ellacuría sin dejar testigos". Para la Comisión existe además "plena prueba" de que otros cuatro militares de alta graduación participaron activamente en el encubrimiento del asesinato, así como al menos un miembro de la Comisión de Honor Presidencial que se formó para hacer una breve investigación sobre el caso en el interior del ejército.

5.2. Mártires intelectuales

Aunque los hechos son excesivamente escuetos no añadimos nada a lo dicho, porque entrar en los antecedentes del crimen para demostrar la calidad martirial de los asesinados nos llevaría a la redacción de un nuevo trabajo. Nos limitaremos ahora a describir, en la clave de las dimensiones que hemos establecido previamente, algunos elementos que nos hacen pensar en los jesuitas como auténticos mártires.

Así como al hablar de Monseñor Romero mencionamos al obispo Cipriano, la figura de los jesuitas nos recuerda en primer lugar la de S. Justino, aunque su pensamiento sea tan diferente y las épocas tan alejadas.

Como Justino, los jesuitas fueron intelectuales que amaban profundamente la verdad. Como él, fueron convertidos por la resistencia y el coraje de la gente sencilla, de las comunidades cristianas, de las organizaciones populares que también "iban intrépidamente a la muerte" defendiendo sus derechos y su dignidad, muchos de ellos desde sus convicciones cristianas. Ellacuría no dudaba en decir, a partir de su experiencia entre los pobres de El Salvador, que "estos despojos (se refiere a los despojados de este mundo),en cuanto son llenos del Espíritu y buscan no su instalación personal en el banquete de este mundo, sino la desaparición de las condiciones reales del despojo violento, son el verdadero pueblo que, movido por el Espíritu de Cristo, puede llevar adelante la salvación histórica y con ella la liberación". Así como los primeros cristianos evangelizaron a Justino, así los "pobres con Espíritu", evangelizaron a los jesuitas y los incorporaron a su causa. Ellos fueron los rostros vivientes e historizados de Jesús que condujeron, a Ellacuría y compañeros, a la identificación suprema con el Señor en la muerte injusta y violenta.

Como Justino, los jesuitas trataban de ver la realidad en su totalidad. Justino es el primero en afirmar desde elementos filosóficos, entre los primeros cristianos, la unidad de la creación. El logos spermatikós (semillas del Verbo) sirve a Justino para ver con buenos ojos todo aquello que en la realidad creada tiende al encuentro con su Creador. Para él Sócrates y Heráclito eran de alguna manera cristianos antes de Cristo, vivieron en conformidad con la verdad (con la razón, el logos) y trataron de establecerla en la tierra. También ellos fueron "tenidos por ateos" y perseguidos por los que "vivieron sin razón..., (que son) asesinos de quienes viven con razón".

Los jesuitas veían también cuanto de bueno encontraban a su alrededor, trataban de dialogar con ello y usaban la razón como arma. Siendo fuerza de la razón, fueron golpeados por la razón de la fuerza y por la idolatría del poder que antes denunciara Monseñor Romero. El anuncio y la denuncia se mezclaban, como en Justino, con el claro pacifismo de quien confía más en la verdad como fuerza histórica que en la retórica de la violencia.

El análisis de la realidad es otro elemento común entre estos intelectuales, tan alejados en el tiempo. Justino analiza el por qué de las idolatrías. Y en una síntesis apretada, y en algunos momentos barroca y compleja, va identificando ídolos con demonios, idolatría con el mal en lucha contra el bien, idolatría con sin razón. El por qué de las persecuciones preocupa a Justino profundamente, como también preocupa a los jesuitas la opresión del pobre, verdadera persecución en tantos aspectos: "La realidad de nuestro mundo... no es sino la existencia de una gran parte de la humanidad literal e históricamente crucificada por opresiones naturales y, sobre todo, por opresiones históricas y personales".

Justino no dudaba en decir a los emperadores que los cristianos "somos vuestros mejores auxiliares y aliados para el mantenimiento de la paz". Y en el caso de los jesuitas, el presidente Cristiani llegó a decir que la Universidad, UCA, que ellos regentaban era "la única oposición constructiva" en el país. Los jesuitas no eran enemigos ideológicos, sino personas con una posición en la que se buscaba, como el bien mayor de El Salvador, la paz construida sobre el diálogo y los derechos de los pobres. No fueron asesinados por sus ideas sino por su compromiso personal con la causa de los pobres. Aunque, por supuesto, tuvieran formulado con gran rigor intelectual el por qué de sus compromisos. La dimensión política no era oportunismo, sino afán de servir a un conjunto social que podía, también, ser purificado desde el Evangelio.

Y, finalmente, el debate vuelve a unir a nuestros intelectuales. Apologeta uno, defensor del cristianismo frente a la sinrazón de los perseguidores, escritores de combate otros, dispuestos a inquietar las conciencias de todos aquellos que viven alegremente, cómplices conscientes o inconscientes con la pobreza injusta que domina como rasgo inquietante primordial el panorama mundial.

Al final, la sin razón, la envidia y la cólera de quienes traficaban con la verdad en propio beneficio (Justino, y después Taciano, acusa a Crescente, seudofilósofo, de ser la causa, por envidia, de su condena) acaba con la vida de nuestros filósofos cristianos de modo muy semejante. Si el odio del nombre fuera una condición de autenticidad para el martirio (recordemos que Justino fue el primero en denunciar el odio contra el nombre de cristiano), habría que reconocer también que Ellacuría y compañeros lograron que el nombre de "jesuitas" fuera odiado genéricamente por los perseguidores.

Y es que la pasión por el Reino de Dios convertía a Ellacuría y sus compañeros en personas profundamente libres, a veces incluso demasiado, a juicio de algunos eclesiásticos. Hoy podemos decir de ellos lo que Minucio Félix ponía en boca de un pagano al hablar de la religión cristiana: "levantó su libertad contra los reyes y los príncipes, y sólo la entregó a Dios, a quien pertenecía"

Se podrá decir que esta comparación con Justino no prueba los rasgos martiriales que hemos expuesto como elementos para discernir la autenticidad de un martirio. A mi juicio se trata de todo lo contrario. Los mártires encarnan en la historia, cada cual a su manera y según su trabajo y vocación en la vida, los rasgos martiriales apuntados. Quien lea con atención los escritos de Justino y el testimonio sobre su muerte, verá en ellos rasgos de un estilo de vida muy especial. Filósofo entre filósofos, con teorías a veces caprichosas, pero amante siempre de la verdad. En los jesuitas de la UCA, más allá de las acusaciones de que puedan haber sido objeto, hay siempre una pasión por la verdad de la realidad y una capacidad de compromiso ante la misma, que no difiere al final del recio estilo de Justino. Las diferencias son, por supuesto, muchas, pero no las suficientes para romper la trayectoria de vidas entregadas a lo que se consideraba un servicio a los perseguidos de su tiempo desde la reflexión y el pensamiento. Cuando la memoria histórica recuerde, pasado el tiempo a los jesuitas asesinados, los recordará por algo muy parecido a lo que hoy recordamos de Justino: por su apología de los pobres y perseguidos de El Salvador y del mundo entero.

5.3. La motivación de fondo

Como testigo presencial de su vida en los últimos años, no me cabe duda que la motivación de los jesuitas asesinados, en su trabajo por la paz, en su labor universitaria y en su acompañamiento de comunidades religiosas y campesinas, cuando el tiempo se lo permitía, nacía de su fe en el Dios del "Reino". Y surgía también de su interiorización e historización del carisma jesuítico que ve en el "ayudar a las ánimas" la "Mayor Gloria de Dios" en esta tierra, y que busca siempre "el bien más universal". Con frecuencia repetían que en la situación de emergencia en la que vivía el país "salvar vidas" era más importante que todo lo demás. Y por ello ponían la universidad al servicio sistemático de la paz, de la justicia y de los derechos humanos, especialmente de los derechos de los pobres, que eran los que más sufrían.

Ellacuría gustaba de decir provocativamente que eran parciales, pero no por gustos ideológicos, sino porque la misma realidad era parcial. Eran los pobres los que más sufrían y era el gobierno el que más mataba. La Comisión de la Verdad, en su análisis de la violencia en El Salvador, les dio a posteriori una razón difícil de negar desde el principio y sólo disputada por el poder encubridor de quienes dominaban mecanismos capaces de manipular los medios de comunicación. Su parcialidad estaba en línea con la parcialidad profética del Antiguo Testamento, que dibujaba a un Dios parcial en favor de los pobres. O de la misma parcialidad que nos muestran las señales del Reino (Lc 4, 16-22).

En los jesuitas de la UCA, más allá de las acusaciones de que puedan haber sido objeto, hay siempre una pasión por la verdad de la realidad y una capacidad de compromiso ante la misma,

Como fundamento vital de la acción desempeñada por los jesuitas asesinados, se puede citar, refiriéndolo a todos ellos, lo que Jon Sobrino, sobreviviente casual de la masacre, decía de Ellacuría: "Si algo me llamó poderosamente la atención en Ellacuría desde el principio fue su pasión por el servicio. Su pregunta fundamental, transcendental, diríamos, fue siempre la de qué tengo que hacer, mediación histórica del buscar siempre la voluntad de Dios y cumplirla, tan típicamente ignaciana. Su pregunta en el hacer cotidiano... era también la de S. Ignacio: a donde voy y a qué. Y la esencia de ese hacer fue, por último, servir, esencial también al ideal ignaciano de en todo amar y servir... Y no sólo dedicó su vida a servir, sino que a lo largo de toda ella fue preguntándose qué significaba en concreto ese servicio al que se sabía llamado. Y paulatinamente llegó a comprenderlo no como cualquier servicio, sino como un servicio específico: bajar de la cruz al pueblo crucificado".

5.4. Reflexión final

Identificación con Jesucristo, creación de Iglesia, valores cristianos encarnados en la realidad histórica, anuncio del Reino, denuncia del antirreino, dimensión política del compromiso cristiano, opción pacífica por la transformación de este mundo, libertad y resistencia como actitudes frente a la realidad, dimensión apostólica de la vida y de la muerte, son los rasgos que mencionábamos como característicos de los mártires del pasado. Desde su especificidad personal se dieron también en los jesuítas como en tantos otros muchos.

Las acusaciones de complicidad con los asesinatos de la izquierda, de implicación política, de rebeldía sistemática frente a la autoridad, quedan cada vez más arrinconadas, como han quedado arrinconadas las acusaciones de orgías y convites de Tiestes que se hacían a los primeros cristianos. La muerte pacífica, intrépida, como decía Justino, "aquella libertad esclarecida, que donde supo hallar honrada muerte, nunca quiso tener más larga vida", se impone al observador de buena voluntad. Y sus vidas, a la luz de su muerte, cobran un nuevo resplandor que los identifica con el Cordero que, a pesar de haber sido sacrificado, permanece de pie (Ap 5, 6). De nuevo, el criterio apostólico nos habla de la autenticidad de su martirio. Los jesuitas asesinados, en efecto, contribuyeron desde su muerte cargada de sentido, a una aceleración de las conversaciones de paz, a una presión internacional más fuerte en favor de la misma paz y a una puesta sobre el tapete, nuevamente, de los muertos injustamente a lo largo de la guerra.

Los mártires de hogaño sí hacen nido en los martirios de antaño. Con las diferencias obvias de época histórica, el espíritu es el mismo y las idolatrías con que se enfrentan son muy semejantes. Que sean, al respecto, unas palabras de Monseñor Romero las que cierren este trabajo: "El cristiano adora ese Dios en Cristo nuestro Señor. Y si por rechazar idolatrías falsas tiene que morir por ser fiel a su único Dios, Dios lo resucitará. Tenemos gracias a Dios, páginas de martirios no solamente en las historias pasadas, sino en la hora presente".

UNA HISTORIA QUE CONTAR DE SEMANA SANTA XI

Continuación...

4.3. Aplicación de criterios

Después de una lectura de las reflexiones sobre el martirio que hacían los Padres de los tres primeros siglos de vida de la Iglesia, el discurso de Monseñor Romero resulta hasta familiar. No es objeto de este trabajo desarrollar los paralelismos más que evidentes entre unas y otras tematizaciones del martirio, sino tratar de mostrar, ya al final, que el modelo de definición narrativa de martirio que hemos propuesto es operativo para casos de martirio actual. En ese sentido es difícil dudar que las dimensiones enumeradas no se adapten a una persona que reproduce casi materialmente, desde su realidad particular, situaciones y criterios de los antiguos perseguidos de la Iglesia. Porque los textos que ya hemos citado sobre la violencia, la persecución o el martirio, coinciden, a veces incluso en un significativo paralelismo, con citas que hemos hecho de los antiguos mártires y sus "teólogos" del martirio, mártires también muchos de ellos.

Por eso, en vez de recorrer mecánicamente las dimensiones martiriales anteriormente elaboradas, afirmando laudatoriamente que todas se cumplen en Monseñor, creo mejor recorrer las críticas que en su momento se hicieron a Monseñor Romero desde sectores eclesiásticos. Como veremos, estas críticas nos remontan con facilidad a las dimensiones-criterios antes enunciados.

A. Nota previa sobre enfrentamientos eclesiales

Antes de entrar en este análisis conviene reflexionar brevemente sobre el conflicto eclesiástico y el martirio. Durante los siglos que hemos estudiado hubo con relativa frecuencia enfrentamientos entre cristianos, incluídos obispos, que después murieron mártires. Calixto e Hipólito, o Esteban y nuestro ya conocido obispo Cipriano de Cartago son ejemplos conocidos. Entre estos dos últimos, la discusión versaba sobre si debía rebautizarse o no a aquellos que hubieran sido bautizados en la herejía y que solicitaban la comunión con la Iglesia Católica. Esteban, en lo correcto, pensaba que no sólo no era necesario, sino que no era lícito rebautizar. Cipriano, al contrario, era un ardiente adalid del segundo bautismo. Las cartas que se cruzaron rozaban la excomunión. Sin que se hubieran reconciliado, ambos murieron mártires y ambos son venerados como tales por la Iglesia.

En otras palabras, una medida pastoral con serias implicaciones dogmáticas no fue óbice para que el compromiso fundamental se viviera con la misma dignidad por ambos pastores. El problema, en cambio, puede presentarse cuando se rehuyen compromisos fundamentales. Comparando a Monseñor Romero con sus opositores eclesiásticos es indudable que él cumplió, desde una actitud profundamente cristiana, con su deber de pastorear, proteger y defender a un pueblo cuyos derechos, incluído el de la vida, estaban siendo sacrificados a intereses profundamente egoístas y particulares. Otros prefirieron la huída a mundos espirituales desencarnados y más respetados e, incluso, alabados por aquellos sectores que mezclaban "política, asesinatos y defensa de sus propios intereses económicos en su afán por combatir tanto a la oposición pacífica como a la subversión armada".

Al final, y parafraseando a Cipriano, es el Evangelio el que hace a los pastores y no los pastores los que hacen el Evangelio. Y fue el mismo Evangelio, más allá de las divergencias, el que hizo mártires a Esteban y Cipriano. Al final, el único problema grave en la Iglesia sería dejar de amar a los hermanos y rehuir el testimonio público del amor a Cristo, encarnado en una historia en la que el rostro del mismo Cristo se refleja de un modo especial en el de los humillados de esta tierra.

B. "Usted está dividiendo al país"

La primera acusación fuerte, de origen eclesiástico, contra Monseñor Romero se resume con las palabras dichas por Monseñor Aparicio, Obispo de San Vicente, pronunciadas durante la Conferencia Episcopal de El Salvador (CEDES) el 3 de abril de 1978: "Usted está dividiendo al país y confundiendo a la nación". Esta acusación, nacida primero en ambientes civiles, fue repetida con frecuencia en algunos ambientes eclesiásticos.

Si esto fuera cierto, con dificultad se podría considerar mártir cristiano a alguien que siembra violencia y que luego es víctima de la misma. Obispos asesinados, e incluso Papas, los hubo durante épocas duras de la Iglesia, y a nadie se le ocurrió declararlos mártires cuando las circunstancias del asesinato mostraban, de ambas partes, víctima y verdugo, un desaprensivo juego de poder, ambición, corrupción moral, o cualquier otro tipo de acciones turbias precedentes.

Sin embargo, el caso de Monseñor Romero fue distinto. La división en la sociedad salvadoreña era previa a su nombramiento como Arzobispo. En 1932, el Ejército había masacrado en diferentes partes del país a una cantidad de campesinos que se suele calcular en 30,000. El delito era pedir tierras y comenzar un operativo rebelde en el país para tomárselas. A partir de los tempranos años setenta, las tensiones vuelven a agudizarse. No es sólo ya la tierra, sino un sistema de gobierno basado en la corrupción que apoya, sin reservas, las diferencias sociales y se muestra cada vez más represivo frente a todos aquellos que reclaman derechos o libertad.

Monseñor Romero reacciona contra la división en el país tratando de decir dónde está la verdad, tratando de pedir paz y reconciliación construida sobre la justicia y denunciando fuertemente las violaciones de los derechos fundamentales de la persona. Sus escritos, en general, y su actitud personal, en particular, son prueba más que evidente de lo que decimos. Nunca en ellos se podrá encontrar una exhortación a la violencia ni nunca en él se encontró una actitud de alegría frente a las desgracias del sector que le atacaba. Al contrario, con familias que por su condición social se ubicaban claramente en el sector que más le criticaba, nuestro obispo Romero desplegó una exquisita caridad en momentos en que miembros de la mismas eran secuestrados o asesinados.

C. La manipulación de una personalidad débil

Monseñor Freddy Delgado, en un folleto titulado La Iglesia Popular nace en El Salvador, y Monseñor Revelo, en otro folleto de escasa difusión, mantenían la tesis de que Monseñor Romero tenía una personalidad débil. De ahí afirmaban que un grupo de sacerdotes y religiosos pertenecientes a la "Iglesia Popular" tenían prácticamente secuestrado a Monseñor Romero y le obligaban a decir lo que ellos querían.

Evidentemente, si esto fuera verdad, sería muy difícil encontrar en Monseñor Romero coincidencias con las dimensiones martiriales que hemos citado de libertad evangélica, profetismo que nace de una esperanza profunda en el Reino de Dios o reciedumbre suficiente para enfrentar los retos sociopolíticos que una sociedad sumida en el pecado estructural puede presentar.

Sin embargo, estas afirmaciones chocan con el sentir general de sus más cercanos colaboradores e, incluso, con el testimonio de quienes le ayudaban a preparar sus homilías. No era infrecuente el caso de que sus asesores le dijeran el sábado, unánimemente, una serie de ideas sobre un determinado tema, y el domingo se encontraran con que Monseñor Romero en su homilía, desde su modo de ver y su oración previa, daba una opinión diferente a la que el día anterior se le había aconsejado. Por si esto fuera poco, su diario personal contradice todo atisbo de debilidad de carácter. Hombre sumamente bondadoso, sabía tomar riesgos y soportar, con la auténtica resistencia neotestamentaria, las adversidades con que la realidad le golpeaba. Un hombre débil no hubiera resistido las sistemáticas presiones que desde todas partes, incluso desde el interior de la Iglesia, recibió.

"Puede usted decir, -expresó Monseñor Romero- si llegaran a matarme, que perdono y bendigo a quienes lo hagan. Ojalá así se convencieran que perderán su tiempo. Un obispo morirá, pero la Iglesia de Dios, que es el pueblo, no perecerá jamás".

D. Irregularidades doctrinales

Cuatro obispos salvadoreños no dudaron en acusar a Monseñor Romero de estar dominado por "la ideología de la Iglesia Popular". "El arzobispo no sólo la permite, sino que él mismo demuestra con su actitud, y más de una vez en sus homilías, que él mismo está inficcionado por aquella ideología". Supuestamente esta "ideología" eliminaba la estructura jerárquica de la Iglesia haciendo que todo reposara en el pueblo, al modo de una democracia política. Esta misma ideología era la que llevaba a Monseñor Romero, según sus detractores, a permanecer en permanente contacto y connivencia con los izquierdistas.

Con el paso de los años y con el conocimiento de su diario personal, esta acusación cae por los suelos por sí sola. Si algo se puede deducir de la lectura de su diario es el inmenso amor a Jesucristo y a la Iglesia de Monseñor Romero. Al día siguiente de la entrevista con el Papa, que ya hemos mencionado, y que le produjo cierta "depresión", se dirige a la Plaza de S. Pedro "para encomendarme a los grandes Pontífices, que ... han dado tanta inspiración y orientación a mi vida". Cobra nueva "esperanza" tras una conversación con el cardenal Baggio, y recibe, tras una conversación en clave de "dirección espiritual" con Monseñor De Nicoló, "luces muy claras inspiradas en un gran amor a la Iglesia y cómo la virtud, sobre todo la humildad, en estos casos es una llave muy segura para encontrar solución". Nada más contrario al estilo que se le suele atribuir a la supuesta "Iglesia Popular". Al contrario, Monseñor Romero vivió su "pasión" como un acto de fidelidad a la Iglesia y como un compromiso con su función de Pastor que no abandona a sus ovejas, independientemente de ideologías o posiciones políticas.

E. Desde lo positivo

La Iglesia suele decir que en los procesos de beatificación es sumamente importante que el pueblo cristiano haya manifestado su devoción hacia aquellos a quienes se atribuyen virtudes heroicas. En el caso de Monseñor Romero es evidente tanto que su recuerdo permanece, como que sigue siendo generador de actitudes cristianas. En las Iglesias se le presenta con frecuencia como testigo de la verdad y el amor y, por supuesto, como persona que sufrió una muerte martirial (su causa de beatificación está introducida). Su nombre preside diversos comités e instituciones que se dedican a la defensa de los derechos humanos y la solidaridad con el Tercer Mundo, así como comunidades cristianas comprometidas con el trabajo de unir fe, justicia y vida. Además de un ingente número de artículos y libros, se han escrito ya tres biografías más sistemáticas en inglés, español e italiano.

Si uno de nuestros criterios martiriales es la dimensión apostólica tras la muerte, no cabe duda que lo anteriormente dicho hay que ubicarlo en este criterio. El hecho de que su sangre se haya transformado en una auténtica semilla que ha ayudado a fortalecer compromisos cristianos en cercanía a los pobres, en solidaridad internacional y en resistencia en el dolor y la esperanza, nos remite a esa dimensión multiplicadora de la que ya hablaba la Carta a Diogneto: "¿No ves cómo son arrojados a las fieras, para obligarlos a renegar del Señor, y no son vencidos? ¿No ves cómo cuanto más se les castiga, más se multiplican otros? Eso no parece obra de hombre. Eso pertenece al poder de Dios; son pruebas de su presencia".

Quienes crecen en su fe ante el obispo mártir, lo ven también como un "calco" historizado de la vida del Señor Jesús. Qué duda cabe, y sus escritos lo demuestran, que en Romero había un profundo deseo de identificarse con Aquel a quien decidió seguir desde muy pronto. Algunos de los textos que hemos citado lo dejan entrever muy claramente.

Es difícil decir cuáles han sido, entre las diversas dimensiones martiriales que anteriormente hemos expuesto, las más características de Monseñor Romero. A mi juicio, sin embargo, las que hemos llamado dimensiones sicológicas son las más señeras en este arzobispo. La libertad evangélica y la resistencia definen su conducta. Su claridad en el hablar, incluso pidiendo a los soldados que desobedecieran a sus superiores si éstos les daban, contra toda legalidad, la orden de matar, le valió la muerte. Pero antes, su resistencia a presiones, amenazas, incompresiones y calumnias, lo hizo aparecer, utilizando términos tomistas relacionados con el martirio, eximio ya, antes de la muerte, en la virtud de la fortaleza. En el comunicado de la Conferencia Episcopal que siguió a su muerte, se le describe (por fin) con las virtudes del "fuerte" y del profeta: "Fiel a su lema de decir la verdad para construir la paz fundamentada en la justicia, anunció incansablemente el mensaje de Salvación y denunció con vigor implacable la situación de injusticia institucionalizada y los abusos en contra de los derechos humanos y de la dignidad inalienable del hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios. Esto le mereció el aprecio de propios y extraños, pero también suscitó la aversión de los que se sentían incómodos por la fuerza de su palabra evangélica y de su testimonio. Por ser fiel a la verdad cayó como los grades profetas entre el vestíbulo y el altar".

Aunque para nuestro trabajo es más importante constatar el cumplimiento de los criterios martiriales que hemos expuesto, no es malo tampoco hacer una referencia al odio de los perseguidores. Hoy nadie duda de la buena voluntad del arzobispo. Quienes persisten en sus acusaciones, hoy sólo se atreven a decir que fue manipulado o que carecía de prudencia en algunos aspectos. Nadie niega su amor a Cristo, su sentido eclesial y su amor al pueblo salvadoreño. Los valores cristianos que predicó se ceñían a las necesidades prioritarias del pueblo: respeto a la vida, justicia social, fe en Dios y conversión frente a las idolatrías del dinero, del poder y de la organización, oprimentes y opresoras al mismo tiempo. El odio de sus perseguidores, aunque no le demos excesiva importancia al criterio, fue un odio genuino a los valores que en cuanto hombre de Dios expresaba. Es cierto que sus valores cristianos tenían una determinada repercusión política. Pero esa dimensión es también la que hemos encontrado en los primeros mártires, reos de impiedad contra el Imperio Romano y sus Emperadores. La dimensión política, como ya hemos visto, si está enclavada en los valores evangélicos no hace a los "degollados" menos mártires, sino que se convierte en una dimensión esencial de su sacrificio. No en vano "el tiempo de la Bestia", "es para los santos la hora de la resistencia -ypomone- y de la fe" (Ap 13, 9).

Si los escuadrones de la muerte hubieran dado una sentencia, no hubiera sido muy diferente de la que determinó la muerte de San Cipriano, muchos años atrás. Bastaría con haber cambiado las referencias a los dioses romanos por los ídolos del poder y del dinero que Monseñor había denunciado: "Durante mucho tiempo has vivido sacrílegamente y has juntado contigo en criminal conspiración a muchísima gente, constituyéndote enemigo de los dioses romanos y de sus sacros ritos, sin que los piadosos y sacratísimos príncipes Valeriano y Galieno, augustos, y Valeriano, nobilísimo César, hayan logrado hacerte volver a su religión. Por tanto, convicto de haber sido cabeza y abanderado de hombres reos de los más abominables crímenes, tú servirás de escarmiento a quienes juntaste para tu maldad, y con tu sangre quedará sancionada la ley".

UNA HISTORIA QUE CONTAR DE SEMANA SANTA X

Continuación...

4. Monseñor Romero

4.1. Los hechos

El caso de Monseñor Romero ocupa un lugar especial en el informe de la Comisión de la Verdad. No sólo es un hecho individual que conmovió a la sociedad salvadoreña y a la sociedad internacional, según afirmación del propio informe, sino que está seleccionado como el caso que ejemplifica "el patrón sistemático de violencia" de los escuadrones de la muerte.

La Comisión comienza su descripción del caso diciendo que "Monseñor Romero se había erigido en un reconocido crítico de la violencia y la injusticia y, como tal, se le percibía en los círculos civiles y militares de derecha como enemigo peligroso. Sus homilías irritaban profundamente a estos círculos por cuanto incluían recuentos de hechos de violaciones de derechos humanos".

Antes de su asesinato hubo agresivas campañas de prensa contra su persona, especialmente publicadas en El Diario de Hoy. Se le llamaba "Arzobispo demagogo y violento... (que) estimuló desde la catedral la adopción del terrorismo". O, incluso, un mes antes de su muerte se decía, teniéndole a él en cuenta, que "será conveniente que la Fuerza Armada empiece a aceitar sus fusiles".

Antes de su muerte recibió numerosas advertencias y amenazas de muerte "y en virtud de esa situación prefirió que sus colaboradores no lo acompañasen en sus salidas, para evitar riesgos innecesarios". Pocos días antes de su muerte, cerca del altar mayor, se encontró una bomba. Y, finalmente, el 24 de marzo de 1980 fue asesinado mientras celebraba Misa en la Capilla del Hospital de la Divina Providencia. El tirador disparó una sola bala desde fuera de la Capilla, sin salir del automóvil.

Tras la exposición de pruebas, el informe termina asegurando que "existe plena evidencia de que el Mayor Roberto D'Aubuisson dio la orden de asesinar al Arzobispo y dio instrucciones precisas a miembros de su entorno de seguridad, actuando como escuadrón de la muerte, de organizar y supervisar la ejecución del asesinato". Participan también en el asesinato dos capitanes. La Corte Suprema, posteriormente, asume un rol activo impidiendo la extradición de uno de ellos desde Estados Unidos a El Salvador con el fin, o al menos el resultado, de encubrir el asesinato de Monseñor Romero.

4.2. El pensamiento de Monseñor Romero

Para lo que nos interesa dividiremos esta exposición en apartados muy breves sobre el pensamiento de Monseñor en torno a la situación sociopolítica de El Salvador, y los temas más relacionados con su pensamiento en torno al martirio.

A. La realidad nacional

A Monseñor Romero le tocó vivir una época de creciente y enfrentada violencia en El Salvador. Con el Poder Ejecutivo y el resto de las instituciones estatales controladas por un partido aliado al Ejército, con dos elecciones fraudulentas en 1972 y 1976, con un país con varios años de crecimiento económico ininterrumpido que no hacía sino dejar más patentes las diferencias sociales y con unas organizaciones populares revolucionarias en auge, Monseñor Romero comienza su pastoreo de la arquidiócesis de San Salvador en tiempos recios y difíciles. Poco después de su toma de posesión fue asesinado el primer sacerdote de una larga lista, el P. Rutilio Grande, por su apoyo a los campesinos de la parroquia rural en la que trabajaba.

Ante la violencia institucionalizada, Monseñor Romero tenía que hablar, analizar y proponer. Para él los conflictos tenían una triple base. La idolatría de la riqueza sumía a las mayorías salvadoreñas en una pobreza injusta, violenta en sí misma y fuente de otras violencias. La idolatría de la seguridad nacional, además de que "institucionaliza la inseguridad de los individuos", impedía la participación popular en los mecanismos democráticos que podrían ofrecer posibilidades de cambio social. Y la idolatría de la organización supeditaba valores de personas a valores grupales hasta extremos contrarios a la dignidad de la persona humana. Sobre este último punto añadía que si bien la organización de los pobres es buena, deben evitarse estilos organizativos que no tengan en cuenta los valores personales o procedan despóticamente contra sus miembros.

Frente a esta realidad, Monseñor Romero proponía justicia, diálogo, participación, reparto de la riqueza, escuchar los justos clamores del pueblo... Y todo desde un diáfano pacifismo. La única violencia que admitía era "la violencia del amor, la de la fraternidad, la que quiere convertir las armas en hoces para el trabajo". De hecho, no hubo familia, estuviera en el bando que estuviera, que solicitara ayuda y no recibiera una palabra de apoyo o de mediación, si ésta última era posible, de parte de Monseñor Romero. Desde los sectores populares que pedían libertad de expresión y manifestación, hasta miembros de familias poderosas que acudían al obispo cuando sus parientes eran secuestrados.

B. El problema de la violencia

Aunque Monseñor Romero se ocupó especialmente del problema de la justicia y de los derechos de los pobres, nosotros nos fijaremos más en otra serie de temas, también tratados por él, que tienen relación directa con su interpretación del compromiso cristiano con la justicia en medio de una situación difícil. El primero de estos problemas era la violencia.

Frente a la violencia de la injusticia institucionalizada surgía, cada vez más fuerte, la posibilidad y la doctrina de la necesidad de un cambio violento y revolucionario. Monseñor Romero se desmarcó sistemáticamente de esta posición. "La única violencia que admite el Evangelio -decía- es la que uno se hace a sí mismo. Cuando Cristo se deja matar, esa es la violencia: dejarse matar. La violencia en uno es más eficaz que la violencia en otros. Es muy fácil matar, sobre todo cuando se tienen armas, pero qué difícil es dejarse matar por amor al pueblo". Y repitiendo lo mismo, en una referencia directa a las partes involucradas en el entonces preludio de la guerra civil, insinuaba al mismo tiempo caminos de reconciliación: "Sepan que hay una violencia muy superior a la de las tanquetas y también a la de las guerrillas. Es la violencia de Cristo: Padre, perdónales, que no saben lo que hacen". Y ligando el tema de la violencia con el martirio: "La violencia de la no violencia... Decían que los mártires no era que les faltara valor cuando se dejaban matar, sino que desde su situación de víctimas eran más fuertes y ganaban la victoria de los perseguidos".

C. La persecución

En una situación de pecado social estructural, si la Iglesia es fiel a su misión será necesariamente perseguida. Porque "el pecado salta, como la culebra, cuando es apelmazada". En realidad, la persecución ni siquiera se dirige exclusivamente a la Iglesia o a los cristianos. "La saña de la persecución no es para los hombres sino que termina en Jesús". Y es Jesús el que da la fuerza para resistirla, al mismo tiempo que manifiesta el poder de Dios en la debilidad. Por ello, la Iglesia se embellece con las persecuciones: "No olvidemos hermanos, frente a esta ola de difamación de la Iglesia, que la Iglesia es más bella. Se parece a esas rocas del mar que cuanto más las embaten las olas, las embellecen con chorreras de perlas".

La persecución es nota característica de la Iglesia, porque también fue perseguido su Maestro. De alguna manera le acompañamos y completamos en nosotros, su cuerpo, con profunda esperanza, su pasión. Porque "El no ha pasado solo el túnel doloroso de la tortura y de la muerte; con El va pasando todo un pueblo, y resucitaremos con El". Este compromiso con el Señor lleva a la Iglesia a ser solidaria con aquellos con los que Jesús fue solidario primero. "La Iglesia sufre el destino de los pobres: la persecución. Se gloría nuestra Iglesia de haber mezclado su sangre de sacerdotes, de catequistas y de comunidades con las masacres del pueblo, y haber llevado siempre la marca de la persecución. Precisamente porque estorba, se la calumnia y no se quiere escuchar en ella la voz que reclama contra la injusticia".

D. El martirio

Monseñor Romero comenzó a hablar del martirio después de la muerte del P. Rutilio Grande. Al principio, tal vez sorprendido por una realidad (la persecución religiosa) que nunca había llegado en El Salvador hasta esos extremos de violencia y muerte, repetía la doctrina tradicional. El martirio es una gracia y por ello "todos debemos estar dispuestos a morir por nuestra fe, aunque no nos conceda el Señor este honor". Constata, sin citarlas, las viejas afirmaciones de la Carta a Diogneto, Justino, y Tertuliano, en el sentido de que la muerte de los cristianos es "semilla de vocaciones, semilla de cristianismo, semilla de un florecimiento de la Iglesia"; recuerda que en el martirio hay una victoria de la fe, y que mártir significa ser matado "en odio de la fe". No olvida tampoco citar la bienaventuranza de Mt 5, 10-11, y pone en parangón martirio con presencia del Espíritu Santo, claro recuerdo para nosotros de cómo comenzó a evolucionar el concepto de martirio: "Una Iglesia tan mártir. Una Iglesia tan llena del Espíritu Santo".

Con el paso del tiempo y con el aumento de la muerte en su diócesis, Monseñor Romero comienza a hacer distinciones. Su concepto de martirio comienza a hacerse más histórico. Aunque Monseñor Romero podía interpretar el concepto canónico de martirio con facilidad y rectitud, las acusaciones ante Roma, que después veremos, le llevaban a especificar bien sus ideas sobre temas de posible conflicto. Surge entonces la denominación de "mártires en sentido popular" que Monseñor Romero repetirá incluso 22 días antes de su muerte. Con más de diez sacerdotes asesinados, Monseñor Romero decía: "Son mártires en el sentido popular, naturalmente. Yo no me estoy metiendo en el sentido canónico, donde ser mártir supone un proceso de la suprema autoridad de la Iglesia que lo proclame mártir ante la Iglesia Universal. Yo respeto esa ley y jamás diré que nuestros sacerdotes asesinados han sido mártires canonizados. Pero sí son mártires en el sentido popular. Son hombres que han predicado precisamente esta incardinación con la pobreza. Son verdaderos hombres que han ido a los límites peligrosos de la U.G.B., donde se puede señalar a alguien y se termina matándolo como mataron a Cristo.

Estos son los que yo llamo verdaderamente justos. Y si tuvieron sus manchas, ¿quién no las tiene, hermanos?... Los sacerdotes que han sido matados también fueron hombres y también tuvieron sus manchas. Pero el hecho de que les quitaran la vida y no haber huído, no haber sido cobardes y haberlos situado en esa situación de tortura, de sufrimiento, de asesinato, para mí es tan valioso como un bautismo de sangre. Y se han purificado. Tenemos que respetar su memoria".

Asumir el dolor del pueblo, en su búsqueda de libertad y dignidad, es incorporarse al sacrifico de Cristo. "Los mártires, los héroes de las grandes batallas de la tierra, si han puesto su confianza y su esperanza en Dios, vencerán aun cuando aparentemente no haya más que una muerte silenciosa en el dolor y la ignominia".

Y como si presagiara su propio destino, de nuevo 22 días antes de su asesinato, vuelve a hablar del auténtico triunfo de los mártires. Ellos no se han apartado de la historia. Al contrario, están más presentes y son garantía de futuro. Ellos, desde el Reino que "los perfecciona en el amor, siguen amando las mismas causas por las cuales murieron. Lo cual quiere decir que en El Salvador esta fuerza liberadora no sólo cuenta con los que van quedando vivos, sino que cuenta con todos aquellos que los han querido matar y que están más presentes que antes en este proceso del pueblo".

Esta concepción del mártir como persona viva que construye Iglesia y permanece actuando en el Pueblo de Dios, la desarrolla Monseñor Romero al hablar de su propio y posible asesinato. Aunque en extenso, merece la pena dejarle hablar: "He sido frecuentemente amenazado de muerte. Debo decirle que como cristiano, no creo en la muerte sin resurrección. Si me matan resucitaré en el pueblo salvadoreño. Se lo digo sin ninguna jactancia, con la más grande humildad.

Como pastor estoy obligado, por mandato divino, a dar la vida por quienes amo, que son todos los salvadoreños, aun por aquellos que vayan a asesinarme. Si llegaran a cumplirse las amenazas, desde ya ofrezco a Dios mi sangre por la redención y resurrección de El Salvador.

El martirio es una gracia de Dios que no creo merecer. Pero si Dios acepta el sacrificio de mi vida, que mi sangre sea semilla de libertad y la señal de que la esperanza será pronto una realidad. Mi muerte, si es aceptada por Dios, sea por la liberación de mi pueblo y como un testimonio de esperanza en el futuro. Puede usted decir, si llegaran a matarme, que perdono y bendigo a quienes lo hagan. Ojalá así se convencieran que perderán su tiempo. Un obispo morirá, pero la Iglesia de Dios, que es el pueblo, no perecerá jamás".

Monseñor Romero decía: "Son mártires en el sentido popular, naturalmente. Yo no me estoy metiendo en el sentido canónico, donde ser mártir supone un proceso de la suprema autoridad de la Iglesia que lo proclame mártir ante la Iglesia Universal.

UNA HISTORIA QUE CONTAR DE SEMANA SANTA IX

Continuación..

1.6. Con pretensión de transformar la realidad (dimensión política)


Para el mártir, Jesús es Señor. Señor del Universo y por supuesto Señor de la tierra. El mártir es martirizado, casi siempre, por su pretensión de establecer sobre la tierra ese mundo de valores que Jesús trajo desde su amor a todos y su relación con el Padre. Por supuesto que puede haber mártires que parten de valores individuales. Sin embargo, éstos tienen también la pretensión, con sus valores, de incidir en el mejoramiento de la sociedad, aunque sea simplemente con su testimonio de los valores del Reino de Dios.

Pero la gran tradición de la Iglesia está, sobre todo, llena de mártires que no quisieron rendir adoración a ningún tipo de absolutizaciones, especialmente las del poder, la riqueza o el placer. Y que frente a las mismas presentaron, de diversos modos, esperanza, visiones de igualdad fraterna, crítica de la cerrazón ante el hermano, organización comunitaria y solidaria. Y siempre con la pretensión de no ser una secta aislada, sino de "transformar la faz de la tierra". El Imperio Romano, construido sobre sucesivas absolutizaciones, y sobre todo en la medida en que se endurecía en las mismas, no podía sino ver como enemigos a los cristianos. O, en una segunda alternativa, tratar de incorporarlos a su dinámica.

1.7. Actuando desde un pacifismo comprometido (dimensión práctica)

El cristiano, como veíamos en Atenágoras, no gusta de la muerte. Ni siquiera de verla en el enemigo o como juego. Desnudo de la armas de la coerción violenta, utiliza únicamente las armas que ya describía la carta a los Efesios (6, 13-17). La única violencia capaz de ejercitar es la ya conocida en el Antiguo Testamento de amontonar brasas de caridad sobre la cabeza del enemigo (Pr 25, 21-22) que después citará San Pablo en Rm 12, 20. Si al amor se le puede llamar metafóricamente realidad violenta, ésa es la única violencia que el mártir se permite. Incluso, los insultos a sus jueces, como el "maldito" que aparece en algunos relatos tardíos, no parece que fueran ciertos en boca de los mártires.

Este pacifismo no aísla al mártir de la realidad, sino que le compromete con ella. No lo hace buscar soluciones irenistas allí donde se juega esa gloria de Dios tan concreta que no es otra cosa sino el hombre vivo (San Ireneo). Le lleva a decir la verdad, parafraseando a Juan Pablo II, sobre la persona humana, sobre el mundo y sobre Dios. Y sobre todo a dar testimonio, con su vida, de esa verdad (Jn 18, 36-37). El mártir, como Jesús, sabe que el mundo se transforma mejor desde la no violencia activa y desde el amor que da la vida por el amigo (Jn 15, 13).

1.8. Desde la libertad personal y la resistencia (dimensión sicológica)

"Para ser libres nos ha liberado Cristo" (Ga 5, 1), decía Pablo. Y esta libertad la expresaban los mártires en su vida y en los momentos en los que eran juzgados. Especialmente los Padres que nos cuentan sus martirios, retomaron la palabra "parresía", libertad confiadamente evangélica de expresión, para definir la actitud ante los jueces de los cristianos torturados.

El mártir es martirizado, casi siempre, por su pretensión de establecer sobre la tierra ese mundo de valores que Jesús trajo desde su amor a todos y su relación con el Padre.

La actitud del cristiano en la vida parte de una profunda confianza en Dios, que libera de los miedos y da fuerza y coraje para decir la verdad de la propia vida donde sea, y para combatir contra los propios autores del temor. Esta confianza, fruto de la identificación con el Señor Jesús, lleva simultáneamente a la libertad evangélica y a la resistencia frente a la agresión y la dureza del mal.

1.9. Con el valor de la semilla (dimensión apostólica)

El apostolado cristiano comienza siempre, y únicamente, después de una conversión. Esta conversión, simbolizada en el bautismo como inmersión en las aguas purificadoras y como resurgimiento a la nueva vida desde las aguas que significan la muerte del pecado, se da en grado sumo en el martirio. Cuando decimos que el martirio es una gracia no queremos decir que es un simple regalo de Dios, sino que es una realidad que está afincada en el orden de la gracia de Dios. Esa gracia que llama, convierte y compromete. No en vano los Padres reconocían en el martirio un bautismo de sangre para quien no hubiera recibido antes este sacramento. Había en el martirio la gracia suprema que puede recibir el cristiano: la identificación final con el Señor.

Y la identificación con el Señor es siempre "apostólica", en el sentido normal que damos al término apostolado, de trabajo en "los campos del Señor" y de "testimonio de su resurrección". Las formulaciones son muchas y variadas. Desde la de "si el grano de trigo no muere, no da fruto, pero si muere dará fruto en abundancia" (Jn 12, 24), hasta la ya citada y célebre de Tertuliano afirmando que la sangre de los mártires "es una semilla". El poder de Dios se manifiesta en la debilidad, y el martirio es un lugar ejemplar y verificador de esa paradoja.

2. El odium fidei (odio a la fe)

Como ya hemos visto, Benedicto XIV insistía, desde su definición canónica del martirio, en el odio a la fe que, de una manera u otra, debería tener el perseguidor. Y establecía, incluso, diversas maneras de probarlo.

2.1. Los problemas planteados por el término

En nuestra definición de martirio no hemos mencionado el odium fidei, no porque no lo hayamos encontrado en los perseguidores de los primeros siglos, sino porque de lo que tratamos es de reproducir el concepto que nos transmiten quienes vivieron la experiencia de las persecuciones. Para ellos, el odium fidei no era un elemento definidor del martirio. Al contrario, definían la realidad martirial desde lo positivo de sus actitudes de fe, resistencia, libertad y solidaridad. La identificación con el Señor llevaba no tanto a ver el odio de quienes juzgaban a los cristianos (que era por otra parte sistemáticamente denunciado), sino el amor que reposaba como sustrato poderoso en el compromiso que llevaba al martirio. Como decía S. Cipriano, "en las persecuciones nadie piense cuánto peligro suponga el diablo, sino, sobre todo, considere cuánta ayuda nos brinda Dios".

Por otra parte, en muchas de las persecuciones actuales es sumamente difícil probar el odio del perseguidor, al menos con la claridad con que se podía probar en regímenes o sociedades en que la religión estaba legalmente proscrita. En general, los modernos perseguidores suelen negar que persigan a la Iglesia. E, incluso, se esmeran en buscar aliados dentro de la Iglesia que nieguen situaciones de persecución.

2.2. Hacia nuevos términos con dimensión operativa

Hoy en día, la noción del odium fidei, al menos en su dimensión social, debería sustituirse, más en coherencia con el pasado cristiano, con lo que podíamos llamar "odio a la humanidad". En efecto, los gobiernos son hoy sistemáticamente violadores de los derechos humanos, los que habitualmente persiguen a las Iglesias, entre otros sectores. Y son, a su manera, los que más se parecen a los idólatras de antaño, dispuestos a sacrificar las vidas inocentes de quienes se oponían a sus idolatrías.

En el Imperio Romano, la religión no sólo legitimaba al estado, sino que era una de las bases y fundamentos de su estructura autoritaria. La piedad romana debía tributarse, como ya hemos dicho, no sólo a los dioses, sino también al emperador. El genio del emperador, por el que se pedía a los cristianos que juraran, era una divinización de las virtudes imperiales. Y era, al final, a esa estructura religiosa absolutizante a la que se inmolaban las víctimas cristianas.

Hoy son las modernas idolatrías del poder en sí mismo, de la riqueza, de las razones de Estado como absoluto final, las que legitiman prácticas autoritarias que llevan a sacrificar cruentamente a hombres y mujeres contra todo derecho establecido. "Un mundo que no excluye frontalmente a la fe, sino la domestica idolátricamente pervirtiéndola en adorno y justificación de la opresión e injusticia, no va a matar por odio directo a la confesión de la fe, sino a los que intenten autentificar la fe, realizándola en el seguimiento efectivo de Jesucristo, en la solidaridad transformadora con los pobres, en el desenmascaramiento profético de la opresión y la idolatría".

En la actualidad todavía hay cristianos que son asesinados por su fe en cuanto estricta denominación religiosa. Pero son casos especiales y en países donde impera el fanatismo o el fundamentalismo religioso. Sin embargo, y sin menospreciar la dimensión martirial de dicho tipo de muerte, hay que reseñar que son muchos más los que hoy mueren en países de tradición cristiana o no cristiana, a causa de los compromisos que la fe implica en materia de derechos humanos.

En efecto, en regímenes que pueden ir desde el Timor Oriental invadido hasta la democracia formal de Guatemala, los cristianos se vuelven sospechos, e incluso mueren asesinados, no tanto por la fe que profesan, sino por los compromisos que la misma implica. Compromisos asumidos desde la fe cristiana pero que a veces son simplemente humanitarios, como dar de comer al hambriento, sin mirar credos políticos, o responden a derechos básicos como el de la libre asociación o sindicalización. No digamos de aquellos que se comprometen sistemáticamente con la defensa de los derechos humanos y con la promoción de la paz o la defensa de la vida, que son automáticamente mirados como opositores políticos por regímenes de cuño autoritario, son denigrados públicamente, hostigados y perseguidos, y con relativa frecuencia asesinados. Todo ello en medio de una insultante propaganda de medios de comunicación excesivamente ligados a intereses políticos y económicos empeñados en mantener situaciones de control político y beneficio privado reñidos con la justicia.

Se podrá argüir que no por ser asesinado por los derechos humanos se es automáticamente mártir cristiano. Pero es evidente que quienes asumen este compromiso en razón de su fe cristiana, están convirtiendo su fe en símbolo muy concreto del doble y básico mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo (Lc 10, 25-28). Y dan, en ese sentido, la vida no sólo por una "virtud cristiana" sino por el compromiso fundamental del cristianismo de amar al hermano.

Este "odio a la humanidad" tiene como ventaja que es claramente comprobable. Hoy el mundo cuenta con instituciones internacionales que más allá de toda duda racional pueden establecer cuándo se dan situaciones sistemáticas de violaciones a los derechos humanos o cuándo se cometen crímenes de los que el derecho comienza a llamar de "lesa humanidad". Y, por supuesto, la Iglesia tiene también mecanismos para investigar y conocer cuándo el compromiso con los derechos fundamentales se toma desde una opción de fe y cuándo es resultado de otras opciones, muy respetables y meritorias en sí mismas, pero no específicamente cristianas.

la noción del odium fidei, al menos en su dimensión social, debería sustituirse, más en coherencia con el pasado cristiano, con lo que podíamos llamar "odio a la humanidad".

3. Las gestas innumerables de la actualidad

En nuestra historia actual, plagada de guerras y conflictos sociales, los cristianos viven, como tantos otros habitantes de este mundo, en medio de la amenaza. Sin pretender hacer comparaciones (al igual que se puede hablar de "cristianos anónimos", deberíamos hablar también de auténticos "mártires anónimos" entre los no cristianos), lo cierto es que con frecuecia los cristianos no sólo son abatidos y sacrificados por la furia de las guerras sino, muchas veces, por su propio testimonio.

En América Latina los casos son innumerables. Se pueden contar campesinos y campesinas asesinados por dar hospedaje, basados en su fe (Mt 25, 35), a personas empobrecidas que buscaban refugio fuera de sus países, ya que huían de operativos de tierra arrasada lanzados por ejércitos sin conciencia. Celebradores de la Palabra torturados y desaparecidos por el único delito de leer y comentar la Palabra de Dios en sus aldeas. Mujeres que participaban en asociaciones comunales para el mejoramiento de sus barrios o aldeas, concientizadas y movidas a ello desde su propia fe, que fueron "desbarrigadas", por usar una palabra de Bartolomé de Las Casas narrando la brutalidad de los conquistadores, si estaban embarazadas, o violadas repetidas veces antes de alcanzar una muerte liberadora. Algunos "testigos" de excepción, usando el término en la doble acepción de su significado, como Monseñor Romero, hablaban de la multitud de nuevos mártires con tonos que nos recuerdan claramente a los antiguos testigos de las primeras persecuciones: "Sería imposible enumerarlos, pero recordemos, por ejemplo, a Filomena Puertas, Miguel Martínez y a tantos otros, queridos hermanos, que han trabajado, que han muerto y que en la hora de su dolor, de su agonía dolorosa, mientras los despellejaban, mientras los torturaban y daban sus vidas, mientras eran ametrallados, subieron al cielo".

Más documentados en sus martirios, monjas, sacerdotes y obispos, se unen a esa "masa cándida". En profunda semejanza a los tres primeros siglos, no es el clero en América Latina el que sufre prioritariamente las consecuencias de la persecución, sino los hombres y mujeres del pueblo que poblarían, si sus nombres se hubiesen apuntado, los nuevos santorales. Triste sería, parafraseando a Monseñor Romero, que la Iglesia no tuviera mártires entre religiosos, sacerdotes y obispos, cuando los pobres son masacrados y el martirio florece entre los sencillos.

Sin querer negar ese protagonismo popular en el campo martirial, analizaremos algunos casos más documentados que corresponden a figuras vinculadas con servicios especiales en el interior de la Iglesia. En particular, y sobre todo, el caso de Monseñor Romero. Se trata, al mismo tiempo, de una figura profundamente vinculada al sentir popular. El es para muchos, en El Salvador especialmente, pero también en otras partes, símbolo consciente de un auténtico y anónimo testimonio de martirio colectivo.

El método que seguiremos en este análisis será simple y breve. Nos limitaremos en primer lugar a El Salvador. Veremos el caso de Monseñor Romero, haremos una breve reflexión sobre su pensamiento, recorreremos narrativamente el informe "De la locura a la esperanza", y finalmente estableceremos una comparación con el concepto de martirio que hemos sugerido. Tras esto haremos también una aplicación muy breve al caso de los Jesuitas asesinados en El Salvador.