jueves, 8 de abril de 2010

UNA HISTORIA QUE CONTAR DE SEMANA SANTA II

MARTIRIO

TEOLOGÍA FUNDAMENTAL
SUMARIO:

1. Recuperación arqueológica de los datos (Antiguo Testamento, Nuevo Testamento);
2. El martirio en teología fundamental (el martirio como lenguaje, el martirio como signo);
3. La significatividad del martirio;
4. Para una ampliación de la identificación del mártir

R. Fisichella

El mártir no es un extraño para nosotros. Sabemos quién es y logramos captar su personalidad y su significado histórico; sin embargo, con frecuencia, su imagen parece evocar en nosotros un mundo que no es ya el .nuestro. Aparece como un personaje lejano, relegado a épocas y períodos históricos que pertenecen al pasado y que todo lo más, tan sólo la memoria litúrgica vuelve a proponernos en el culto cotidiano. Descrito con características de héroe, que suscitan alergia en nuestros contemporáneos, especialmente en las sociedades occidentales, parece haberse convertido en una pieza de museo. Pero el mártir es nuestro contemporáneo. Si no fuera así, la Iglesia habría dejado ya hace tiempo de presentar el kerigma como un anuncio de salvación comprensible para el hombre de hoy y significativo para la vida de nuestros días. En él cada uno de nosotros podemos ver la coherencia humana en su transparencia última, en donde se lleva a cabo la identificación perfecta entre la fe y la vida, entre la profesión verbal y la acción de cada día. La Iglesia tiene necesidad de mártires para destacar en plenitud la realidad del amor que se hace libremente aceptación de la muerte, y al mismo tiempo se convierte en perdón para el perseguidor. El mártir, de todas formas, pertenece a la Iglesia no sólo porque ésta, en su historia bimilenaria, está caracterizada permanentemente por la presencia de los mártires, sino más bien porque, constitutivamente, ella misma es mártir. Antes de ser una ecclesia martyrum, es una ecclesia martyr. En su constitución antológica se le imprime de modo indeleble la forma Christi, que se expresa en la kénosis del Hijo hasta el momento culminante de la pasión y muerte de cruz. Lo que pertenece a Cristo es también de su Iglesia; por tanto, también para ella tiene que concretarse y realizarse la forma de la kénosis como expresión del seguimiento obediencial, que alcanza su culminación en la pasión y muerte por amor. Por tanto, la Iglesia nace, vive y se construye sobre el fundamento de Cristo mártir; su misión en el mundo tendrá que ser la de orientar la mirada de cada uno hacia "el que fue traspasado" (Jn 19,37; Ap 1,7), a fin de que de forma eminente se explicite la palabra reveladora del Padre.

Para confirmar esta perspectiva podemos recurrir a la teología paulina, cuando describe la acción del apóstol con estas palabras: "Hijos míos, sufro por vosotros como si os estuviera de nuevo dando a luz hasta que Cristo se aformado en vosotros" (Gál 4,19). La forma de Cristo que el apóstol imprime no puede ser sino la del siervo doliente que da su vida por la salvación de todos (l Cristología: títulos cristológicos). Estos "sentimientos" (Ef 2,5-6) que caracterizan a la figura histórica de Jesús de Nazaret deben ser también los que definan a quienes se ponen en su seguimiento para completar lo que falta a sus padecimientos (Col 1,24).

Esta dimensión permite comprender plenamente el significado de los mártires en la historia y en la vida de la comunidad cristiana. Mediante su testimonio, la Iglesia verifica que sólo a través de este camino se puede hacer plenamente creíble el anuncio del evangelio. Esto permite además explicar el hecho de que desde sus primerísimos años la Iglesia haya visto en el martirio un lugar privilegiado para verificar la verdad y la eficacia de su anuncio; en efecto, en estos acontecimientos el testimonio por el evangelio no se limitaba solamente a la forma verbal, sino que se extendía a la concreción de la vida. Por eso la Iglesia comprendió que el mártir no tenía necesidad de sus oraciones; al contrario, era ella la que rezaba a los mártires para obtener su intercesión. Por tanto, no se reza por el mártir, sino que se reza al mártir por la Iglesia. El día del martirio se recordaba y se memorizaba como el momento al que había que volver con gozo para celebrar una fiesta, ya que se encontraba allí la fuerza y el apoyo para proseguir en la obra evangelizadora.

Así pues, la comunidad cristiana ha sostenido siempre el valor eclesial del martirio; éste posee un tono altamente comunitario, ya que es vivido para y por toda la Iglesia como un signo eficaz del amor.

I. RECUPERACIÓN ARQUEOLÓGICA DE LOS- DATOS. La finalidad de este artículo no es analizar los diversos problemas con que tuvo que enfrentarse el término en su evolución semántica; sin embargo, una teología del martirio debe tener presente al menos dos datos esenciales en este sentido: en primer lugar, cuándo se empieza a imponer el valor semántico del término en la acepción que tiene en nuestros días; y en segundo lugar, cuándo surge una "teología" del martirio.

La verdad es que estos dos momentos no coinciden; desde el AT hasta el NT y hasta los primeros decenios de la Iglesia primitiva, se puede asistir a una evolución continua del término mártys. La evolución semántica esconde el proceso conceptual que se aplicó al fenómeno; resultará entonces que progresivamente se va pasando de un concepto genérico de "testigo" de un hecho al concepto más concreto de "testimonio" de una verdad o de otras convicciones, hasta el testimonio que se da con el derramamiento de la propia sangre.

El concepto de mártir, en la acepción que hoy posee, comienza a estabilizarse con toda probabilidad a partir del año 155, con el Martyrium Policarpi: "Policarpo, que fue el duodécimo en sufrir el martirio en Esmirna, no sólo fue maestro insigne, sino también mártir excelso, cuyo martirio todos aspiran a imitar, ya que ocurrió a semejanza del de Cristo, como se nos narra en el evangelio" (19 1). Mártir se identifica aquí como el que da su propia vida por la verdad del evangelio. En este sentido es muy expresivo un texto de Orígenes: Todo el que da testimonio de la verdad, bien sea con palabras o bien con hechos o trabajando de alguna manera en favor de ella, puede llamarse con todo derecho `testigo'. Pero el nombre de `testigo', en sentido propio, se debe a la comunidad de hermanos, impresionados por la fortaleza de espíritu de los que lucharon por la verdad o por la virtud hasta la muerte, que tomó la costumbre de aplicárselo a los que dieron testimonio del misterio de la verdadera religión con el derramamiento de su sangre" (In Johannem II, 210).

El motivo por el que se pasó progresivamente a esta significación semántica es objeto de diversas teorías; lo que hay que constatar es el hecho de la distinción que llegó a crearse entre confessores y mártyres. Todos ellos son testigos del Señor y todos sufren la persecución, pero el título de mártir sólo se les da a los que han dado su vida, mientras que los demás son considerados comúnmente como confessores.

Sin embargo, es necesario recordar los rasgos más destacados que aparecen en la Escritura como un primer esbozo de la figura del mártir.

a) Antiguo Testamento. Para el AT hay dos elementos que saltan inmediatamente a la vista en orden a su identificación:

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