jueves, 8 de abril de 2010

UNA HISTORIA QUE CONTAR DE SEMANA SANTA VIII

http://www.uca.edu.sv/publica/eca/589art1.html

ECA, Nº 589-590, Noviembre-Diciembre de 1997
Artículos

Martirio en la Iglesia Actual
Testigos de Cristo en El Salvador
José María Tojeira

Resumen

El presente artículo expone la experiencia del martirio en la antigüedad y la compara con la de América Latina, concretamente con dos casos específicos: el de Monseñor Romero y el de los jesuitas de la UCA. Monseñor Romero proponía justicia, diálogo, participación, reparto de la riqueza... a partir del pacifismo. Se ocupó de los derechos de los pobres. Asimismo, los jesuitas fueron intelectuales que amaron profundamente la verdad y usaban la razón como arma. Por tanto, los rasgos característicos de los mártires del pasado, como son la dimensión política del compromiso cristiano, la opción pacífica por la transformación del mundo, la identificación con Cristo, la creación de Iglesia, etc., se manifiestan también en los jesuitas, en Monseñor Romero y en muchos otros.

Introducción

Hablar hoy de mártires supone siempre remitirse a la experiencia martirial de la Iglesia. Y, en ese sentido, no podríamos hablar de mártires sin recordar lo que podríamos llamar la experiencia fundante del concepto: las persecuciones de los primeros siglos de cristianismo.

Con la evolución del pensamiento cristiano, lo que era, y sigue siendo, una experiencia primordial de fe, y en definitiva una gracia del Señor, se intentó sistematizar conceptualmente. Lo que era fruto inmediato del seguimiento del Señor, comunión con El en su pasión, resistencia frente a las idolatrías de este mundo, libertad frente a poderes que se absolutizaban a sí mismos, testimonio del amor fraterno, se comenzó a definir desde el lado de los perseguidores. Era mártir exclusivamente quien moría víctima del "odio a la fe".

En este artículo propongo retornar a la experiencia primitiva de martirio y trato de hacer una síntesis de dicha experiencia. A continuación comparo la experiencia primitiva con dos casos de martirio de América latina: el de Monseñor Romero y el de los jesuitas de la Universidad Centroamericana de El Salvador. Prescindiendo del odio a la fe y contemplando, en síntesis, el sentir de la comunidad primitiva sobre el martirio, todo queda muy claro. La motivación del perseguidor no puede ser el elemento que define el martirio y, de hecho, ninguno de los que vivieron el martirio en los primeros siglos lo definía desde ese lugar, aun siendo claramente conscientes del odio que su fe generaba. Incluso, propongo que si en algún momento se quiere utilizar, secundariamente, el criterio de la motivación del perseguidor para definir el martirio, se utilice el término "odio a la humanidad" en vez de "odio a la fe", pues hoy es mucho más sencillo determinar este aspecto que entrar en las intenciones de personas que, muchas de ellas católicas, jamás admitirán que odian a la fe. Todo lo contrario, asegurarán, con frecuencia, que de lo que trataban era de proteger la verdadera catolicidad del rebaño, aun matando a los pastores.

1. Un concepto de martirio

El recorrido por los tres primeros siglos del cristianismo, así como el excesivamente breve recorrido histórico posterior, nos permiten iniciar ahora la descripción de los elementos que una definición de martirio debería contener en nuestros días. Aunque en este artículo prescindimos de dicho recorrido, la síntesis que ahora realizamos se apoya en una lectura atenta de la experiencia martirial en los tres primeros siglos del cristianismo. Tratamos ahora de sintetizar ideas de cara a la estructuración de una serie de rasgos en el martirio clásico que nos permitan acercarnos a situaciones martiriales de la actualidad.

No pretendemos con nuestra enumeración de rasgos martiriales formular una nueva definición canónica de martirio. En todo caso, quisiéramos contribuir a la construcción de las bases previas de cualquier definición canónica. Tampoco queremos afirmar que para ser mártir se tengan que cumplir todas las notas y dimensiones que a continuación expondremos. En realidad, muchas de ellas se incluyen unas a otras. Y en la medida en que todas procedan de una vivencia de fe radical, cada una sería más que suficiente para alcanzar la palma del martirio en la medida en que alguien fuera asesinado en el contexto y como consecuencia de las mismas. Lo que tratamos, en realidad, con estas notas, es de acercarnos a la realidad martirial desde la experiencia de los tres primeros siglos, sistematizándola en lo que llamamos dimensiones martiriales.

1.1. Identificación con Cristo en su seguimiento (dimensión mística)

El martirio es una forma de identificación con Cristo. No la única. Ni siquiera podríamos asegurar que la más meritoria. Pero sí con la gracia especial de asemejarse a Jesús en su muerte de cruz. Ello le da al mártir una especial capacidad de simbolizar la resurrección.

Esta identificación tiene como base un gran amor a la persona de Jesús. El seguimiento trata de historizar la vida y sentimientos de Jesús en nuestra propia existencia, pero incluye, en su afán de unión mística, una tendencia a la imitación, no mimética y dentro de lo posible, del estilo, vida y circunstancias de Jesús. La fe en la resurrección es parte y resultado del amor y del seguimiento. Y en medio de la muerte y el anonadamiento martirial, se manifiesta ya el triunfo de la resurrección de Jesucristo en la propia vida.

1.2. Orientada a la creación de Iglesia (dimensión eclesial)

Los mártires no sólo son miembros de la Iglesia que, "armados por ella para la batalla", mueren defendiendo sus creencias y doctrina. Son también creadores de Iglesia. No sólo porque la multiplican y contribuyen al auge de las conversiones o, en su defecto, de vocaciones a un mismo estilo de trabajo, sino porque participan en la sacramentalidad de la misma Iglesia. La evolución del término "mártir", desde su significado forense hasta el derramamiento de sangre, pasa por un contenido "apostólico". En efecto, los apóstoles se convierten, en los primeros textos del cristianismo, en "mártires-testigos" de la resurrección. Y es a través de ese testimonio martirial referido al Señor como se va creando y extendiendo la Iglesia. El paso a la designación normal del mártir, tal y como hoy la entendemos, no se puede desvincular, históricamente, del testimonio de la resurrección.

La función importante que el martirio desempeñó, en su momento, en el desarrollo de los sacramentos del bautismo, del perdón y del orden, y su relación íntima con la eucaristía, nos reafirma en nuestra convicción. Dimensión de eclesialidad que se desprende también de la afirmación de Colosenses ya citada, según la cual los sufrimientos de los cristianos completan la pasión de Cristo en su cuerpo que es la Iglesia.

En ese cuerpo que se construye desde el amor y cuyos frutos proceden al final del mismo amor. "El amor es el vínculo de la fraternidad, el fundamento de la paz, la firmeza y la tenacidad en la unidad. Es mayor que la fe y que la esperanza y precede a las obras y al martirio".

1.3. Afirmando valores cristianos y humanizantes (dimensión moral)

En el mártir no hay ruptura entre su pasado y su muerte martirial. Incluso, en casos en los que el mártir se suma solidariamente a otros mártires desde la increencia, lo que marca la brecha con la vida pasada es una profunda conversión previa a la decisión de presentarse al martirio. Conversión que hubiera generado un cambio, o una profundización en los valores vitales, si la confesión solidaria no hubiera implicado inmediatamente la muerte. Incluso, esa muerte es fruto ya de una conversión tan profunda que lleva al recién convertido a ofrecerse a un acto de entrega de la vida por amor a un Señor que comienza a percibir como vivo y presente en los rostros de los torturados y perseguidos. En esa decisión ya existe una opción moral de honda raíz evangélica que lleva a solidarizarse con las víctimas y a enfrentar a los verdugos.

Con sus aciertos y sus pecados, la Iglesia tiene una radical tradición que intenta convertir la utopía del Reino en modelos de transformación social. Desde Hechos 2, 42-46 y 4, 32-25, hasta la actualidad, esta cadena de experiencias ha unido una fuerte conciencia de comunión entre los hermanos, con vida íntegra y exigencia moral. Los mártires, en general, eran personas que supieron mantener una verdadera coherencia entre vida y Evangelio, convirtiendo vida y muerte en dos facetas de una misma conversión a la persona de Jesucristo.

1.4. Convirtiendo su martirio en kerygma (dimensión profética de anuncio)

Los procesos martiriales atestiguan que, generalmente, los mártires tenían la posibilidad de anunciar su fe y esperanza, aunque fuera en un breve espacio de tiempo. Es evidente que en los relatos de los martirios o pasiones, este anuncio es ampliado y desarrollado por los cronistas y redactores. Pero también es evidente que en el juicio cada mártir disponía de un tiempo breve para responder a los jueces. El anuncio de Jesucristo Señor del Universo y de la esperanza de la resurrección fueron elementos permanentes en las respuestas. El hecho mismo de que las últimas persecuciones intentaran crear apóstatas, más que mártires, daba un margen mayor para defender la propia fe.

La dimensión escatológica de las promesas cristianas no aislaba al mártir de la realidad, sino que lo comprometía más a fondo con la misma. El anuncio y el testimonio del Evangelio hasta la muerte reproducían la experiencia de la resurrección del Señor en quienes sobrevivían a los mártires y perseveraban en la fe. Y la convicción de que su combate era definitivo y de que se enfrentaba en él, victoriosamente, al anticristo, proporcionaba al mártir un especial coraje en el anuncio y la denuncia.

1.5. En denuncia de un mundo encerrado en sí mismo (dimensión profética de denuncia)

Como los profetas, los cristianos se convertían, desde su coherencia, en una denuncia frente a la realidad. Además, cuando eran llevados a juicio, aprovechaban la situación para denunciar el absurdo de una idolatría que presentaba modelos de vida deshumanizadores. Policarpo no duda en decir, mirando a los espectadores de su suplicio, "mueran los ateos", trastocando la petición de su juez que con el término ateo se refería a los cristianos. Y Potamiena blasfema contra los dioses romanos para evitar que su cuerpo sea entregado a los gladiadores. Las Actas de los Mártires y los relatos de sus pasiones están llenos de denuncia y dignidad personal.

Los mártires no sólo son miembros de la Iglesia que, "armados por ella para la batalla", mueren defendiendo sus creencias y doctrina. Son también creadores de Iglesia.

Su resistencia frente a las amenazas, las torturas y la muerte era un testimonio práctico-profético de una esperanza que se convertía, automáticamente, en denuncia de una sociedad dispuesta a cobrar (y ofrecer) víctimas humanas a sus ídolos. La seguridad de que los mártires iban a juzgar, con Jesús, a los jueces que les habían condenado, los convertía ya, desde los interrogatorios y los suplicios, en auténticos jueces de una realidad opaca a la trascendencia del amor.

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