jueves, 19 de marzo de 2009

André Cruchaga, el cazador de metáforas. Por María Eugenia Caseiro

Rastro de los sueños; así titula André Cruchaga el poema que ha sido objeto de las presentes especulaciones críticas. Un título glosado hoy por Cruchaga en 47 versos, pero preludiado, antecedido, por todas y cada una de sus metáforas -las prehistóricas- producidas para llegar a esta denominación que bien podría ser el nombre propio de un poemario completo, o yendo más allá, el título que acopia, en cuatro palabras, toda la obra de André Cruchaga.
Cuarenta y siete versos ensartan el collar de Rastro de los sueños, casi una metáfora por verso que puede estudiarse separada de la anterior o la siguiente sin dejar a un lado el sentido metafórico intratextual conjunto -constante en la obra de André Cruchaga-. De ello se desprende, no de este poema, esquemática de su trabajo, sino del conjunto Cruchaga, que puede que todavía esta labor de cazador le lleve toda su vida, y que toda su vida, la del antes y la del después, sea la caza interminable de tales sueños metafóricos; muchísimos más cuanto más devela. Sería cuestión de dedicar libros enteros a internarse en la selva de su poesía, netamente distintiva, metafórica, neobarroca, y sobre toda cosa apasionada. Sus imbricados versos se dejan llevar por el paisaje oblicuo de una discursiva en que, a pesar de lo intrincada, puede palparse el impromptu.
Aunque esté considerado como un arquetipo postraumático en poesía, el vocablo sueño, de condición ampliamente polisémica, partiendo de sus diferentes acepciones, se entroniza generalmente en el plano de la actividad onírica (ensoñaciones) y es ahí que antes de que la ciencia lograse dar al traste con una serie de cuestiones de verdadero interés para lograr entender mejor la actividad del cerebro humano en el período de sueño, incluso en el de vigilia, ya todas las culturas, grandes o pequeñas; todos los pueblos, razas, religiones del planeta, han conferido al sueño una tremenda importancia, siendo que muchos sueños han pasado a tener un carácter de historicidad. El propio Platón, que por una parte y apoyado en su dialéctica puso discípulos y adversarios frente a Sócrates y les hizo descubrir, por medio de sus contradicciones, ideas que tenían en sí mismos sin saberlo, concedía sin embargo a los sueños origen divino. Así Aristóteles, fundador de la lógica, asociaba los sueños a la experiencia. Por este camino hasta nuestros días, al sueño, aparte de su importancia vital como función biológica, que aún no se logra establecer qué mecanismos intervienen en él, ni qué funciones o factores biológicos abarca, a pesar de estar estrechamente relacionado con el cerebro y su actividad mental, también se le adjudican acepciones de índoles sagrada y misteriosas .
Este preámbulo que de alguna manera se halla vinculado al que precede al poema de Cruchaga y en que el autor habla de "escarbar" en el subconsciente, en esa búsqueda en la que tropieza con "ángeles y demonios", es apenas una de las disímiles rutas para entrar en la gruta de la poesía de André Cruchaga. Poesía recóndita, a veces laberíntica, pero siempre en contraste con altos momentos de vuelo en que se lanza en pos de un universo galáctico, desconocido, surrealista. Regresando al poema cuyo título evoca en mí ese peregrinaje de su libro Viajar de la ceniza, publicado recientemente y que tuve el gusto de prologar, y presentir al tiempo que vaticinar, un nuevo viajar, esta vez por las anchurosas carreteras de los sueños de Cruchaga ya que Cruchaga es un domador de sueños, un cazador de metáforas; y, ¿qué es una metáfora? sino una especie de sueño con sus caprichosas torceduras llevado a las grafías del lenguaje.
El viaje, el incansable peregrinar de André Cruchaga por las sendas de la imaginación, es una de las constantes de su poesía. Rastro es también unvocablo de condición polisémica. Se rastrea en busca de algo, se persigue un rastro; lo hace nuestro autor: busca con olfato de cazador, persigue la presa, la captura, y aún con la inquietante certidumbre del instante de su captura, la sirve, ya palpitante, ya vencida, cocida y aromada con el sello del montero. Hablar de rastro, es también hablar de trazas, de los vestigios (de un todo) que nos llevan a la búsqueda de ese todo (los sueños como un todo) o de lo verdaderamente esclarecedor de esos sueños, y éste sería el caso de Rastro de los sueños, no de un sueño si no de los sueños, del sueño infinito, de ese sueño que es uno y son todos, de ese sueño que me atrevería a especular, es atrapar el infinito en una metáfora. Y como la letra de un tango, “en un beso la vida”, la vida en una metáfora es la premisa de nuestro cazador. Así la presa de Cruchaga se sirve viva, latente.
Cruchaga crea el ambiente que recrea por medio de la fusión de sus imaginarios de vueltas simbólicas al tiempo que deslinda de forma natural dentro de esa atmósfera aparentemente caótica, la necesidad de su búsqueda incesante. Siempre he dicho -lo creo- que el único orden posible es aquel que se halla en el caos, y es esa cantera caótica precisamente, cementero de donde nuestro autor extrae la roca para dar paso su orden; ordenado caos de Cruchaga pleno de yacimientos, de venas, de pozos, de galerías, en que nuestro cazador se convierte en Dios y crea la circunstancia desde la circunstancia, en un imaginario en que pareciera batallar con legiones de abrumadoras imágenes, con miríadas de episodios inenarrables que se agolpan. Pero para Cruchaga, contrariamente a ese rasgo de la obra de Salvador Spriú en la que el paso del tiempo conduce siempre a un final, aunque sólo haya una vida y sólo haya un tiempo que se agote, nuestro cazador no sólo prevé la circunstancia si no que asume el imponderable de que no puede ni debe perder un solo átomo de esa fuente de irradiaciones que recibe del tiempo -el cronométrico- en forma de relámpagos; relámpagos de oscuridad luminosa o de luminosidad oscura, como se les quiera llamar, que Cruchaga atrapa con voracidad, atesora en metáforas de versos fulmíneos, en palabra centelleante..., para correr en busca de otro y otro y otro relámpago que mantengan para siempre fuera de ese final, no a él, el Dios circunstancial, el cazador, sino a su presa: la palabra cifrada.
Consciente e inconsciente, con ángeles y demonios escritos en versos cifrados, la poesía de Cruchaga es presa lista para que el comensal hambriento, y ya la historia, o la vida misma, se encargará de preservar sus mensajes. Para André Cruchaga no existe el sosiego, nada es más importante que ir en pos de sus sueños, de los sueños; nada más importante que esas sombras que aletean en la luz o esas luminiscencias que aletean en la oscuridad, y a las que debe dar captura para que no queden fuera del juego del tiempo, y sea de esa única y difícil forma, cuanto más complejo más completo el escenario, el mundo, el universo de junglas con presas vírgenes que le obsesiona y en el que ya nunca abandonará su oficio de cazador solitario.

María Eugenia Caseiro buhowriter@hotmail.com 12 de marzo de 2009
N.A. Las consideraciones o valoraciones críticas del reciente poema de André Cruchaga, Rastro de los sueños, cuya lectura e interpretaciones especulativas me asaltaron en momentos de insomnio, son causa, no de una lectura a tan altas horas si no de la lectura habitual, tal vez sea mejor decir el seguimiento, de la poética de Cruchaga. Me disculpo de antemano si ha resultado en algún desacierto, el que mi ojo amateur no logre abarcar toda la profundidad que amerita el trabajo de este poeta.

Rastro de los sueños

“Rastros del sueño”, tejidos de la memoria:
Eco de un tiempo transfigurado en las persianas
Cálidas de las pupilas. El firmamento hundido
En las manos —el tren roto del calendario
En la lengua de los rieles, las ramas del viento
Como una lluvia que la música no borra.
—Aquí y allá, jugando al ajedrez del horizonte,
Al jardín oscuro de los relojes, a la sed que no sacia
Las lunas del País, al árbol del silencio
En los meses de la garganta, al fantasma del asfalto
En la noche caminando con cuervos y sicarios.
El amor y la ternura otra vez en la ausencia:
—sólo en los parques se ve el temblor de las sombras
Y esa forma del tiempo ceñida a la boca.
Esa forma de refugio marmóreo y de granito.
Los pies furiosos y cansados de caminar sobre
Las hojas de los libros, las calles carcomidas
Por el ansia, a veces apretada furia de la angustia.
Las horas arden en su partida moribunda:
Muerden en la centella de la almohada
—soplan los muros, las puertas y las ventanas.
El polvo ahoga los poros y junta la ceniza en los cuadernos
Donde hemos ido escribiendo las aguas interiores.
El hierro ha formado su violín de halcones, —sordos
Violines en la niebla de la tormenta, transiciones
Que sólo son posibles en la noche de los espejos.
El jadeo de los metales hiende la memoria:
Hoy discurren vahos en medio de respiraciones ácidas.
La sequedad puede más que un lecho de humedad plena.
La inocencia se perdió en cada palabra: hoy
Se ha llenado de pretextos e indiferencia y destiempo.
Los antiguos miedos fraguan su lado oscuro,
La rugosidad es demasiado habitual y carcome
Como un fuego a ciegas los sembradíos de la transparencia.
Luego los objetos en negro, la respiración
En su concavidad pétrea —las aguas bajando sin voz
Por los espejos y de nuevo la luz oscura ardiendo
En el cuerpo como la noche que cuelga sus ojeras
En el desván líquido de las pupilas…
La raíz del sueño se queda en la garganta, en la sombra
Súbita que se respira: Ahí la memoria juega
Sin palabras, pero arde frente al vértigo —hacia
Las aguas del aliento donde se lamen los suspiros.
El sueño siempre juega a ser un sueño de irrealidades:
Y por más días y lámparas o noches,
Ahí están rotos los párpados junto a una estación
Sin pupilas fiables, a los pañuelos del alba.
Barataria, 11.III.2009

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