lunes, 28 de septiembre de 2009

ARTENET-SERVICIO INTERNACION DE INFORMACION CULTURAL

Puerto Santa Lucía, Florida, 28 de septiembre de 2009.

En esta edición:
1. Primer evento de la preservación de la memoria histórica salvadoreña (Los
Ángeles)
2. Carboneros (Manuel Luna)
3. Tegucigalpa, la ciudad de la furia (Allan McDonald)
4. Quijote Poveda (Mario Bencastro)
5. El Monumento al Divino Salvador del Mundo (Jorge Castellón)


* Primer evento de la preservación de la memoria histórica salvadoreña *

Olin Theater Presenters en asociación con Saúl Méndez Folkloric Ballet, y en
colaboración con el Central American Studies Program at California State
University, Northridge y el Consulado General de El Salvador en Los
Ángeles, California, presentan el Primer evento de la preservación de la
memoria histórica salvadoreña, del 23 de octubre al 1º de noviembre de
2009, en el Los Ángeles Theatre Center, 514 S. Spring Street, Los Ángeles.
(213) 489-0994 www.thelatc.org

La preservación de la memoria histórica entre los residentes de origen
salvadoreño en Estados Unidos, es una iniciativa colectiva para transmitir,
cultivar y preservar las tradiciones salvadoreñas, la literatura, las artes
teatrales y visuales. El conocimiento de la creación artística salvadoreña
también estimulará a nuevas generaciones de inmigrantes salvadoreños a
contribuir a la formación de la tradición artística de su gente. Esta
celebración del arte salvadoreño también se propone invitar al público en
general de la ciudad de Los Ángeles para que conozca más sobre la cultura,
historia y el arte del pueblo salvadoreño. Propone fomentar entre la diversa
población de esta ciudad adoptar diferentes alternativas para la
construcción de su identidad histórica y la celebración de sus identidades.

Actividades:

1. De la locura a la esperanza (Teatro). Producción: Olin Theater Presenters
and Saúl Méndez Folkloric Ballet. Creación y dirección: William Flores.
Coreografía: Saúl Méndez. Vestuario: Ali Funes. Del 23 de octubre al 1º de
noviembre de 2009. Theater 2.

2. Charla posterior a la presentación de la obra con Carlos Enríquez
Consalvi, Director del Museo de la Palabra y la Imagen; Lic. Aquiles
Hernández, Director del Festival Internacional de Teatro Universitario, San
Salvador; William Flores, Director, De la locura a la Esperanza

3. Exhibiciones del Museo de la Palabra y la Imagen de El Salvador: De la
guerra a la paz: Imágenes y documentos sobre la guerra civil, 1981-1992. La
herencia de Salarrué: Manuscritos, imágenes, objetos y pinturas de la
colección personal del artista.

4. Gritos desde lo invisible: Instalación artística por Claudia Bernardi.

5. Literatura salvadoreña: Salarrué y Roque Dalton. Participantes: Dr.
Ricardo Roque Baldovinos, Profesor de Literatura, Universidad
Centroamericana, El Salvador; Dra. Yansi Perez, Profesora de Literatura,
Carleton College, Minnesota; Mario Bencastro, escritor salvadoreño residente
en Estados Unidos. (Viernes 30 de octubre, 6 PM)

6. Simposio cultural: Preservación de la memoria histórica. Participantes:
Carlos Henríquez Consalvi, Director del Museo de la Palabra y la Imagen;
Lic. Aquiles Hernández, Director del Festival Internacional de Teatro
Universitario, San Salvador; Dra. Beatriz Cortez, directora del Central
American Studies Program, California State University, Northridge; William
Flores, Director, De la locura a la Esperanza (Sábado 24 de octubre, 6 PM.)


* Carboneros *

Manuel Luna.

Érase un carbonero, es un hombre carbonero
Sin ninguna canción de carbonero cantando

Un carbonero, que se pensaba, se veía
bajando peñascos, subiendo laderas
enredado entre matorrales, enredado entre su vida
entre milpas secas y milpas verdes de mayo y un sol candente

Érase un carbonero, sin ninguna canción de carbonero cantando
corrió debajo de aspas de helicópteros y estruendos de kilos de pólvora

Después, era un carbonero de este tiempo, pasada la guerra.
Viajando en vagones de trenes, que hacen largos recorridos
para llegar a fronteras de ciudades prometidas
Era un carbonero entre esa ciudad que es otra y otra que dejaba

Carbonero que no sabía, que dudaba, si
habían realmente carboneros cantando en las cumbres.


* Tegucigalpa, la ciudad de la furia *

Allan McDonald


Amanece.

He cruzado mis recuerdos con paso firme y me he detenido en la esquina de la
historia, bajo el semáforo de color verde olivo, para que pasaran raudo los
tanques militares. Entonces, he recordado mi infancia de luces perdidas,
cuando jugaba en aquel jardín de flores disecadas, bajo la luz incandescente
de los ojos de Dios, y me he puesto a ver mis muñecos de plástico, que
salían en los cereales de Cornflakes de una época pasada de moda, en la que
jugar con soldaditos era la alegría de la vida. Hoy, verlos de verdad es la
angustia de la vida, el horror de sus ojos demoledores de espanto y ese
caparazón de metal en sus pechos, como animales mitológicos de una era
neolítica ya superada por los paleontólogos del fin del mundo.

La ciudad de Tegucigalpa es un campo de concentración, una ciudad minada de
odios, un pueblón enmarañado de botas que destruyen la hierba de la
esperanza en cada paso y se ensañan en que nunca más vuelva a crecer. Aunque
la flor de la resistencia crezca en el asfalto de sus pasos torcidos.

En cada acera, en cada calle, en cada callejón, va en estampida la fuerza de
la lucha contra ese monstruo de metal brillante, lustrado con las camisas de
la miseria de esta Honduras; en cada carabina cabe el odio y la utopía, en
cada camiseta verde cabe el cuerpo del delito, en cada ojo está la lágrima
de amor por rescatar el país de los orangutanes falsificados de una selva
fosforescente de luciérnagas políticas sin gloria.

El semáforo se pone rojo, ya es hora de que se detengan las caravanas de
hierro podrido y se paren los dinosaurios del basurero universal de la
historia, ya va siendo hora de encender esa luz del rojo digno que pondrá
fin a la furia desbocada de esta caballeriza metálica que aplasta una
esperanza según ellos existente, pues están convencidos de que todo el país
se resume en un M-16.

Mis muñecos de plástico se han caído en el jardín, se extravían entre la
maleza de hojarasca y remolinos secos del invierno. Corro a donde mi papá,
para que me auxilie.

Son mis únicos juguetes y el viejo, que está leyendo un librito de Honoré de
Balzac, me dice en el oído, despacito, como un secreto de Estado sin
presidente: "Déjelos allí, que el plástico se derrite con el sol de la
mañana".

Amanece.

(Allan McDonald es dibujante hondureño.)


* Quijote Poveda *

Mario Bencastro.

Con tu cámara y tu sonrisa enfrentaste a la vida
y así mismo te fuiste quijote Poveda
con tu Minolta al hombro
y tu sonrisa de cura benefactor.

Dejaste atrás tus fotos de gente muerta en vida
que quisiste que sonrieran como tú
que fueran buenotes como tú
que como tú vieran el presente y el futuro.

Pero te marchaste y de tu sonrisa
sólo quedó una foto
que aún parece desafiarnos y decirnos
que no todo está perdido
que tú te vas pero aún quedan quijotes
que vendrán a recordarnos que "semos malos"
pero que también "semos buenos"
y que un día los niños, todos,
nacerán y crecerán con tu sonrisa
y tú estarás ahí para tomar la foto del futuro.


* El Monumento al Divino Salvador del Mundo *

Jorge Castellón.

(Primera parte)

A partir del año 72, que pasamos a vivir con mi familia en las cercanías
del estadio Flor Blanca, no teníamos otro parque más cercano para jugar,
que aquel conocido como el parque de El Salvador del Mundo. Allá íbamos
muchas tardes de domingo a saltar y correr en sus -para nosotros- inmensos
espacios, y regresar, ya cansados, con la caída del sol, caminando despacio
de regreso a casa, es decir a uno de los cuartos de ese enorme mesón que se
encontraba en el lugar que ahora ocupa el edificio Seiko, sobre la 55
avenida sur. No quedan vestigios de nuestra antigua vivienda, sólo esa calle
en la que solíamos jugar de noche, los niños de ese pueblito escondido que
era el mesón Viana, si la suerte nos prestaba una pelota.

Cuando hoy visito ese parque del Monumento, y sentado a su sombra veo esa
calle que se pierde allá enfrente -afeada por abigarrados carteles de
publicidad,- en su rumbo al centro de la capital, me convenzo, de que un
monumento o una estatua, es decir, un símbolo, es una creencia acordada, un
significado sobre el que un grupo social se ha puesto de acuerdo para
compartirlo. También, y esta idea me inquieta, un símbolo es una imagen que
se ofrece como representando una idea, un poder, una convicción, una
ideología si se quiere, pero en este caso, es casi una imposición, no un
acuerdo espontáneo surgido al seno de un pueblo con el correr de su
historia. Así, entre voluntaria concesión e impuesta reverencia, los pueblos
crean y recrean su cultura, es decir, todo lo que está después de la
existencia humana, en oposición a la naturaleza, que está antes.

Este Monumento al Divino Salvador del Mundo sigue esa lógica. Es un símbolo,
sí, y nace de una circunstancia de encuentro entre los poderes de una
ciudad: San Salvador, en un momento de su historia. El Monumento,
llamémosles así de acá en adelante, es considerado por la opinión oficial y
por los medios publicitarios, un símbolo indiscutible de la fe católica del
capitalino, la imagen del patrono de su ciudad, habiendo sido a lo largo del
tiempo, objeto de aprecio, y en ocasiones- las más tristes de San Salvador-
se ha querido verle incluso como oráculo para nuestro sísmico destino. Pero
el Monumento, no sólo es un símbolo religioso, también, es un símbolo de la
historia social y política salvadoreña, y un ícono de la memoria oficial de
la capital de El Salvador.

Al escribir esto, confirmo que toda memoria personal es definitivamente,
política, pues toda política es simplemente la vida de los que habitan una
ciudad, una polis: sus relaciones, sus acuerdos, los usos y abusos del poder
de eso ciudadanos. Quien escribe una memoria lo hace, inevitablemente, desde
un lugar social y por más personalísima que esta memoria sea, es la más
social de las memorias.

Ahora que evoco esos años cuando yo, siendo un niño, solía correr alrededor
de este monumento, sobre esos ladrillos de mármol blanco de su plataforma,
que a la luz del sol intensifican todavía su blancura en medio de aquel
pasto verde de sus jardines laterales, antaño siempre tan profusos, donde
mis pies parecían posarse sobre algodones verdes. Ahora que evoco esos
árboles pequeños de cipreses, podados, recuerdo, en forma de elefante, de
jirafa, de ave, posados alrededor de la base del Monumento, y arrimados a
una línea de arbustos semejante a un muro vegetal de hojas y raíces muy
simétricas que bordeaba aquella plataforma de ladrillos color marfil; ahora,
que evoco esa sensación extraña que no alcanzaba a comprender entonces, y
que hacía de este parque algo distinto, digamos al Parque Cuzcatlán o al
Parque Bolívar, comprendo, que lo que lo distinguía de éstos, era que el
parque del Monumento lucía más limpio, más cuidado... y menos concurrido:
pertenecía a otro lugar de la ciudad, y era, como hoy, una antesala a un
paisaje social distinto al que nosotros, mi familia, pertenecíamos.

Los domingos, se solían ver aislados grupos de niños retozando en los
espacios verdes que cubren la extensión del parque, se encontraba uno con
algún vendedor de paletas y se observaban unas cuantas parejas sentadas en
las anchas bancas. En medio de todo, se elevaba sobre su base, a unos quince
metros sobre el nivel del suelo, esa columna también blanca que sostiene un
globo terráqueo y sobre éste, la figura de un Jesús, con su mano derecha
alzada señalando al cielo. Al mirarla, de niño, veía esa figura humana
elevarse hasta las nubes que pasaban silenciosas a la mitad de la tarde, y
confundirse con los colores de aquel cielo, es decir, trasfigurarse en algo
distinto a lo que era.

La estructura -columna y escultura-, están, como siempre, viendo hacia el
oriente, hacia lo que un día fue la incipiente capital de San Salvador al
inicio de los años cuarenta, período en el que fue inaugurado el
Monumento. Cuentan que hasta allí, hasta la actual ubicación de este parque,
llegaban los límites de la antigua ciudad, luego proseguía esa carretera,
entonces en construcción, que atravesando fincas de café conducía a Santa
Tecla y luego al occidente del país. Este punto de la capital donde este
Monumento fue colocado, era popularmente conocido como La cruzadilla, creo
que por los cruces de caminos que allí convergían. Otras personas conocen
esta ubicación como La campana, porque cerca de lo que ahora es el parque,
se encontraba aún a principios de los años 70 -lo recuerdo difusamente,- un
arco y una campana. Al parecer, décadas atrás, eran parte de eso que
vendría a ser tal vez, una estación o punto de abordaje, hacia dentro y
fuera de la ciudad.

Personas octogenarias que recuerdan haber ido a la Cruzadilla, los días
domingos, durante esas décadas de los años cuarentas y cincuentas del siglo
pasado, rememoran el lugar como una amplia zona verde, donde familias se
sentaban sobre el césped a descansar y pasar la tarde. En esos mismos años,
y durante la cosecha del café, -entre los meses de noviembre y diciembre-,
otras familias menos afortunadas, incluidas mi abuela y sus hijos, arribaban
los días lunes a ese lugar durante la fría madrugada, para dirigirse luego,
caminando, envueltos en sus improvisados abrigos, a las diferentes fincas de
café ubicadas en las faldas del volcán de San Salvador - o Quezaltepeque-,
es decir, en las tierras que ahora ocupan la extendidas colonias Escalón, La
Mascota, Campestre, Maquilishuat, San Benito, Miramonte, etc.

Diciendo esto, recuerdo las palabras del autor de En busca del tiempo
perdido, cuando dice que no es el lugar, sino lo que nos acontece en ese
lugar, lo que hace que le recordemos con un determinado significado en el
ayer de nuestras vidas.

Pero volviendo al Monumento, pocas personas conocen el extraño origen de
dicha estructura, el globo terráqueo y la figura del Jesús con su mano
derecha señalando al firmamento, ambas, en sus colores blanco y celeste, que
representa al mundo, al mundo bajo los pies de Jesucristo. Pues bien, esta
imagen y el globo terráqueo proceden del mausoleo del que un día fuese
presidente de El Salvador entre 1911 y 1913, y único presidente muerto-
asesinado en este caso- en sus funciones, nos referimos al doctor Manuel
Enrique Araujo. El Monumento al Salvador del Mundo formó parte de la tumba
del único presidente salvadoreño asesinado mientras ejercía su cargo. El
autor Alastair White en su famoso libro, El Salvador, escribe que se supone
que el hombre detrás del asesinato fue Prudencio Alfaro, un líder de los
llamados idealistas liberales de esa época, en pugna contra los pragmatistas
gubernamentales a los que Araujo pertenecía.

Años más tarde, la familia de este ex-presidente -extensa por cierto- donó
la escultura a la Arquidiócesis de San Salvador, precedida en ese entonces
por Monseñor Luis Chávez y González.

El Monumento fue inaugurado por el mismo Monseñor Chávez y González en el
mes de mayo de 1942, a raíz del encuentro eucarístico nacional que
conmemoraba el centenario de la Arquidiócesis de San Salvador. Esta fecha se
ubica durante el periodo conocido como el Martinato: es decir, durante la
dictadura de Maximiliano Hernández Martínez, quien, como es sabido no era un
creyente católico propiamente dicho (Martínez era más bien un afamado
aficionado al esoterismo, un teósofo, que incluso, cuentan, tenia el sobre
nombre de El Maestro, entre ciertos sectores de la comunidad intelectual.
¡Singular sobrenombre para quien fuera el protagonista de uno de los
episodios más sangrientos de la historia nacional!).

Indiscutiblemente pues, debió haberse producido, en un momento de la
historia de El Salvador, una conversación cordial que produjera un acuerdo
entre el líder de la iglesia católica y el líder del gobierno en turno,
para la construcción del Monumento, por un lado, y para la definición de su
lugar de ubicación en ese lugar de la capital, por otro.

Dicho sea, no de paso, que un mes antes de aquella inauguración, en un día
de primavera, un sábado 4 de abril de ese año de 1942 -en medio del panorama
desesperanzador de la Segunda Guerra Mundial-, se ordenó como sacerdote,
tras completar sus estudios teológicos en la ciudad de Roma, el que iba a
ser el sucesor de Monseñor Chávez y González, nos referimos a Monseñor Oscar
Arnulfo Romero. ¡Y quién iba en ese entonces a vaticinar su trayectoria! Esa
trayectoria que iba a propiciar -fuera de su propuesta de canonización y su
legado humanista-, la edificación de su propio monumento, a cien metros tan
sólo por delante del Monumento que ahora se comenta, del Salvador del Mundo.


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Correo: mbencastro@bellsouth.net Internet: www.MarioBencastro.org

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