jueves, 8 de abril de 2010

UNA HISTORIA QUE CONTAR DE SEMANA SANTA XIII

MONS. OSCAR ARNULFO ROMERO: IMAGEN UTILIZADA POR EL MAGISTERIO PARALELO

Autor: Mons. Freddy Delgado,
Secretario de la Conferencia Episcopal de El Salvador
Fuente: Conferencia Episcopal de El Salvador.

Este informe reservado de Mons. Freddy Delgado, Secretario de la Conferencia Episcopal de El Salvador ilustra el tipo de revolución marxista-eclesiástica aplicado en Cuba, Nicaragua, Guatemala, México y en este caso en San Salvador...

En vista de que monseñor Luis Chávez y González y monseñor Arturo Rivera Damas fueron marginados por el Grupo de Reflexión Pastoral y por los nuevos jesuitas, estos se dedicaron a buscar al futuro arzobispo de San Salvador. Monseñor Chávez iba a dimitir dentro de poco tiempo al cumplir los 75 años de edad. El candidato de ellos era monseñor Oscar Arnulfo Romero.

Se inicio una campaña de desprestigio contra obispos candidatos a la sucesión y otra campaña de desprestigio contra el Gobierno. Al frente de esta campaña estuvieron los padres César Jerez y Francisco Estrada, en Europa; el Dr. Oqueli Colindres, Rubén Zamora y Jorge Cáceres Prendes. Fue desplazado de Argentina el ex-sacerdote José Miguel Bonino, teólogo de la liberación y más tarde presidente del Consejo Mundial de las Iglesias en Ginebra, Suiza, para que viniese a manejar este asunto. Bonino se inscribió como estudiante en la UCA y llegó a ser director del Instituto de Turismo (ISTU) dedicándose de lleno a buscar al sucesor de monseñor Luis Chávez en el arzobispado de San Salvador. Bonino escogió a monseñor Oscar Arnulfo Romero Galdámez.

Con él, no se volvería atrás en la “línea de pastoral encarnada en el pueblo”, les permitiría instrumentalizar de lleno a la Iglesia y evitar todo enfrentamiento con la misma. La Iglesia católica era un instrumento de poder que debería colaborar a la causa de la revolución comunista. Después de ser elegido monseñor Romero, Bonino abandonó el país expresando, antes de partir, lo siguiente: “Gracias a Dios ya nos han dado un arzobispo que se convierta inmediatamente: monseñor Oscar Arnulfo Romero”. No sonaba como verdadera esa afirmación para quien conocía la personalidad de monseñor Romero y sus continuas denuncias contra el compromiso político de monseñor Luis Chávez y monseñor Rivera Damas por apoyar a ciertos sacerdotes cuyas actitudes no eran muy claras. Sin embargo Bonino dijo: “Tenemos un arzobispo manejable”.

El 8 de febrero de 1977 fue nombrado arzobispo de San Salvador monseñor Oscar Arnulfo Romero Galdámez, hasta ese momento obispo de Santiago de María. El 22 de febrero tomó posesión del arzobispado. La ceremonia se realizó en la iglesia de San José de la Montaña porque la iglesia catedral fue ocupada por el “Grupo de Reflexión Pastoral” para impedir que el arzobispo tomase posesión de la misma.

Del día 24 al 28 de febrero de 1977 monseñor Romero se encerró con un grupo de sacerdotes en el Seminario San José de la Montaña. Fue aislado por completo, no se le permitió que se le hablase. Para ello se puso una religiosa en la portería del Seminario. Entre los sacerdotes que le practicaron durante esos días un psicoanálisis, como lo afirma el padre Placido Erdozain en su opúsculo “Monseñor Romero, mártir de la Iglesia Popular” se encontraban Inocencio Alas, Astor Ruíz, Fabián Amaya, Rutilio Sánchez y Alfonso Navarro. Durante esos días le analizaron la situación nacional vista a través del análisis marxista.

Descubrieron el fallo psicológico y personal de monseñor Romero. Los sacerdotes del “Grupo” se ofrecieron como grupo de apoyo en el gobierno pastoral de la arquidiócesis. El primero de marzo de ese año declaró monseñor Romero que su línea pastoral sería la de Medellín y que se solidarizaba con la línea pastoral del Grupo de sacerdotes que, en esa línea, realizaba una pastoral “liberadora”, no obstante que ese grupo le impidió tomar posesión de la arquidiócesis en la catedral.

Hasta se momento monseñor Romero siempre se había manifestado en contra de la línea pastoral de Medellín. Declaro igualmente que no tendría ninguna relación con el Gobierno en protesta por la masacre acaecida a las 10:30 de la noche del día anterior, 28 de febrero. En esa ocasión aparecieron las Ligas Populares 28 de febrero (LP-28), grupo armado comunista. Ese mismo día salió el primer Boletín de la Oficina de Prensa del arzobispado de San Salvador.

El día 12 de marzo de ese mismo año a las 17:30 de la tarde fue asesinado el P. Rutilio Grande, párroco de Aguilares, con sus dos acompañantes, Manuel Solórzano de 62 años de edad y Nelson Rutilio Lemus de 15 años. En la misa de sepelio del padre Rutilio Grande, a la cual asistió todo el episcopado y ante la sorpresa y estupor de todos los obispos, monseñor Romero afirmó en la homilía fúnebre que apoyaba la línea de acción pastoral del padre Grande como la línea de la auténtica pastoral de la Iglesia El domingo 20 de marzo decretó monseñor Romero la suspensión de la celebración de la misa en todas las iglesias y capellanías de la arquidiócesis y convocó a una misa única en la catedral contra el sentir de la Nunciatura”.

En su última etapa, el padre Rutilio Grande se había enfrentado con los sacerdotes marxistas que se entrometían en su parroquia para adoctrinar a los campesinos en el marxismo-leninismo. Ya no era un colaborador útil y además pidió insistentemente al padre provincial Estrada, el traslado porque se sentía muy incómodo, es decir, muy amenazado, en Aguilares. El luto decidido por monseñor Romero, influido por los sacerdotes revolucionarios, parecía indicar que el padre Grande había sido asesinado por los anticomunistas. Pero ya había dejado de ser útil a los revolucionarios y creo sinceramente que por ahí habría que buscar la razón de su muerte.

“Los padres revolucionarios comenzaron a trabajar febrilmente en el arzobispado después de la toma de posesión del mismo por monseñor Romero, algo inaudito y nunca visto hasta ese momento en el país. Con frecuencia se veía en las oficinas del arzobispado a los jesuitas Francisco Estrada, Ignacio Ellacuría, Isidro Pérez Stein y otros más. El padre Rafael Moreno, doctor en marxismo, era el jefe de relaciones públicas del arzobispado. El Magisterio paralelo manejaba también todas las informaciones del arzobispado, la radio YSAX estuvo en manos del padre Angel María Pedrosa. Algunos hablan incluso de un verdadero lavado de cerebro al obispo por parte de los sacerdotes marxistas.

A La pregunta que se le hiciera a uno de ellos, ¿por qué los sacerdotes revolucionarios colaboraban tan activamente en el arzobispado de San Salvador? Aquel contestó: “acuerpando a este pobre hombre que no sabe qué hacer con esta diócesis en un momento tan difícil, y viendo qué es lo que la UCA puede hacer por el arzobispado”. Según el mismo entrevistado, monseñor Romero Estaba guiado por el equipo pesado de estos sacerdotes y por la inteligencia de la UCA.

Varias personas invitaron a monseñor Romero a su casa para ayudarle a reflexionar sobre la posibilidad de evitar que le usasen a él como instrumento para sus propios objetivos ya que algunos hechos lo demostraron así. Al principio monseñor Romero se mostró agradecido e interesado en dicha ayuda. Pero alguien se propuso apartarlo de dichas reuniones mensuales.

El padre belga Pedro Declercq reunió en su Colonia Zacamil a varias ex religiosas que dejaron o fueron expulsadas de sus Congregaciones respetivas por diferentes motivos, a las cuales se añadieron algunas señoritas activistas de la revolución comunista y así fundó una nueva congregación de religiosas. Así nació la Congregación de Monjas de la Iglesia Popular, de la “Nueva Iglesia”. Estas religiosas, con cruz de madera al pecho, aparecieron en varias oficinas del arzobispado. Una de ellas fue la secretaria privada de monseñor Romero, otra la encargada del archivo del arzobispado.

El “triunfalismo” que se había criticado y combatido meses antes en el trabajo pastoral de la Iglesia, renació ahora en torno a la persona de monseñor Oscar Arnulfo Romero, en quien el Grupo de Reflexión Pastoral o la Iglesia Popular, como se le llamó después, encontró la coyuntura propia para una verdadera instrumentalización de la Iglesia católica para la causa comunista. La Iglesia Popular acorraló a monseñor Romero prestándole orientación, asesoramiento y ejecución en la acción pastoral.

Lo encumbraron ante la opinión pública para ganarse las masas por medio de lo religioso; después lo hicieron caer de su pedestal para quedarse con las masas trabajadas por monseñor Romero. Para mover las masas la revolución necesita de un mito. Monseñor Romero fue elegido para ello. El Grupo conocía muy bien que la popularidad o la publicidad era un punto débil en la personalidad de monseñor Romero y la explotó a favor de la causa comunista.

En una ocasión monseñor Ricardo Urioste entrevisto a monseñor Romero por la radio católica YSAX y le preguntó qué decía de algunas personas que se quejaban por los aplausos durante la misa que se celebraba los domingos en la catedral. Monseñor Romero explicó que el aplauso era una manera también de orar, porque en la gente la oración tiene muchas formas de manifestarse; una de ellas puede ser el aplauso. Cuando esos aplausos se dan en las homilías pueden ser un amén a la voz del profeta.

El 14 de febrero de 1978 se le otorgó a monseñor Romero el doctorado honoris causa de parte de la Universidad de Georgetown en los Estados Unidos. El 7 de diciembre de 1978 monseñor Romero fue propuesto como candidato para el premio Nobel de la paz por 118 miembros del parlamento británico. Más tarde la universidad de Lovaina. Bélgica, le otorgó el doctorado honoris causa.

Mons. Romero involucro a un grupo de militares jóvenes en el proyecto de golpe de Estado porque no les convenía tener en su contra al arzobispo de San Salvador. El 15 de octubre de 1979 se produjo el golpe de Estado. El gobierno del general Romero había perdido su prestigio y autoridad. Se instaló una junta revolucionaria de gobierno formada por dos militares que declararon que la Junta se completaría con la incorporación de tres civiles que fueron escogidos por el Ejército e incorporados tres días después.

El 25 de octubre de 1979 el BPR (Bloque Popular Revolucionario) y las LP-28, grupos marxistas-leninistas, declararon traidor al arzobispo (esto se produjo cuando advirtieron que los militares, a quienes había apoyado monseñor Romero, empezaban a librarse de infiltrados marxistas-leninistas) Un grupo de religiosas le interpeló reprochándole su traición y declarando que ellas se seguirían firmes en la lucha al lado del BPR El mismo día la agencia noticiosa ACAN-EFE denunció a los sacerdotes revolucionarios como autores intelectuales del golpe de Estado.

Al hacer un análisis del Gabinete de Gobierno, se constató que en su mayoría estaba formado por elementos de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA) dirigida por sacerdotes disidentes. Al día siguiente el arzobispo Romero emplazó a la junta revolucionaria para que diera cuenta de los reos políticos y de los “desaparecidos” reclamados por los grupos marxistas-leninistas. En la homilía de las misas dominicales que celebró en la catedral durante el mes de diciembre de ese mismo año, trató de recuperar las simpatías de los grupos comunistas. Ambos grupos, el BPR y las LP-28 rechazaron por dos veces la mediación que les ofreció monseñor Romero.

A mediodía del 19 de diciembre de 1979 las Ligas Populares 28 de Febrero tomaron el edificio del Seminario San José de la Montaña donde se encontraban las oficinas de la Conferencia Episcopal de El Salvador (CEDES) y del arzobispado. Tomaron como rehenes al secretario de la curia de San Salvador, padre Mariano Brito, al secretario adjunto, padre Rafael Urrutia, y a dos secretarias del arzobispado. El arzobispo estaba ausente, librándose así de quedar como rehén. Pero los ocupantes reclamaban su presencia para que mediase ante la Junta para la liberación de algunos miembros de las LP-28 que fueron capturados durante el desalojo de varias empresas y propiedades agrícolas que ellos habían tomado días atrás. En una ocasión salieron del seminario el obispo presidente de la Conferencia Episcopal, monseñor José Eduardo Alvarez, quien estaba en su oficina, el secretario y la secretaria. El objetivo de las LP-28 era el arzobispo Romero”.

Un desenlace inesperado

“El Papa Pablo VI llamó al arzobispo Oscar Arnulfo Romero a Roma para enterarse de primera fuente de la labor pastoral del arzobispo y darle las recomendaciones e indicaciones del caso para evitar males posteriores. Después de la muerte de Juan Pablo I, Juan Pablo II llamó también a Roma al arzobispo.

El domingo siguiente a su regreso de Roma señaló las injusticias y desmanes de los grupos marxistas-leninistas. La respuesta, al interior del arzobispado, fue inmediata. Al día siguiente, lunes, los sacerdotes de la Iglesia Popular y las religiosas de la “Nueva Iglesia” que trabajaban en las oficinas del arzobispado, en el edificio del seminario San José de la Montaña, abandonaron sus despachos en señal de protesta. Mons. Romero confesó el hecho en la homilía del siguiente domingo en la catedral: “Me han dejado solo”.

Monseñor Romero había traicionado a los grupos comunistas y a la causa marxista-leninista. Esto significaba, en la disciplina comunista, pena de muerte. Monseñor Romero quiso congraciarse con los grupos comunistas volviendo, en la homilía de los domingos subsiguientes, al sistema de denuncia en contra del Gobierno, haciendo caso omiso de las injusticias comentadas por los grupos comunistas o señalándolas de forma paliativa. El personal del arzobispado que abandonó sus oficinas volvió de nuevo a sus puestos de trabajo. Las relaciones entre los grupos marxistas-leninistas, FPL (Frente Popular de Liberación) LP-28, ERP, FAL (Fuerzas Armadas de Liberación) con el arzobispo se hicieron, ante estos vaivenes, cada vez más tirantes.

El mes de febrero de 1980 Mons. Romero escribió una carta al presidente del secretariado del Episcopado de América Central (SEDAD) pidiéndole que publicara un documento de apoyo para su persona, porque había caído en una situación difícil de la que él no podía salir. El servicio de Inteligencia del Gobierno (ANSESAL) le había hecho saber que tenía conocimiento del peligro que corría su vida. En la homilía dominical del 23 de marzo de 1980 invitó y ordenó a los soldados y agentes de seguridad que no obedecieran la orden de combatir al pedirles y exigirles no matar más hermanos salvadoreños.

El 24 de marzo de 1980 por la mañana Mons. Romero se reunió en el mar con tres sacerdotes de su arquidiócesis que no estaban de acuerdo con la”pastoral de liberación” de la arquidiócesis durante un retiro del clero. Mons. Romero se sinceró con esos sacerdotes y éstos le sugirieron que se apartara de esa línea de acción pastoral. Esa misma tarde del 24 de marzo, a las 17:40, mientras celebraba una misa en el Hospital de la Providencia, fue asesinado de un tiro de fusil de 25 milímetros envenenado, que le pasó cerca del corazón y le rompió las principales arterias, originándole una mortal hemorragia.

A esa misma hora, en forma sincronizada, estallaron bombas a todo lo largo del país. Mientras tanto en la Universidad Nacional, que en ese entonces era el cuartel general de las agrupaciones comunistas y ocupaban cada una de ellas un edificio distinto, el ERP y las LP-28 recriminaron desde los altavoces a las Fuerzas Populares de Liberación por haber asesinado a Mons. Oscar Arnulfo Romero, Esa reacción fue inmediatamente controlada.

La conferencia Episcopal quiso celebrar un funeral por monseñor Romero en la iglesia basílica del Sagrado Corazón en donde las FPL se habían adueñado del cuerpo de monseñor Romero. La víspera del funeral, miércoles 26 de marzo, monseñor Ricardo Urioste, elegido vicario capitular de la arquidiócesis, disuadió a los señores obispos de que celebrasen el funeral, alegando que él sabía que los comunistas iban a tomar en rehenes a todos los obispos y al nuncio apostólico para presionar al Gobierno para que capturase y castigase a los asesinos de monseñor Romero.

La catedral estaba esos días ocupada por los guerrilleros comunistas y por sacerdotes de la Iglesia Popular. Sobre el frontispicio de la catedral colocaron una manta en la que escribieron que rechazaban la presencia de los obispos salvadoreños Aparicio, Alvarez, Revelo y el secretario de la Conferencia Episcopal, Freddy Delgado, en los funerales que se celebrarían, frente a la catedral, el día 30 de marzo, domingo de Ramos de ese año. A la hora de la homilía de la misa del funeral, los grupos comunistas hicieron estallar bombas en los contornos de la plaza Gerardo Barrios enfrente a la catedral en donde la multitud había reunido para el funeral de Mons. Romero.

Muchas personas resultaron muertas, heridas y golpeadas. Los comunistas disparaban al aire y sobre la multitud para aterrorizarla. El ministro de Relaciones Exteriores de Nicaragua, padre D´Escoto, que concelebraba la misa junto con los otros sacerdotes, pedía por radio desde la catedral al Presidente José Napoleón Duarte que ordenase a las tanquetas militares alejarse del lugar de la tragedia. El Presidente le respondió que no había tanquetas y que las fuerzas de Seguridad se hallaban acuarteladas. Así fue en realidad. Las FPL, LP-28, ERP, FARN-RN calcularon mal, porque la inteligencia de la Fuerza Armada descubrió el plan que tenían entre manos de culpar al Gobierno de tan tremenda tragedia y ordenó al Ejército y a los Cuerpos de Seguridad que permaneciesen en sus cuarteles. El cardenal de México, Ernesto Corripio y Ahumada, envido por el Papa par presidir el funeral, salió ileso.

De El Salvador no asistieron por motivos de amenazas de muerte los obispos Pedro Arnoldo Aparicio, José Alvarez, Marco Revelo. Mons. Oscar Arnulfo Romero fue más útil muerto que vivo para los grupos guerrilleros comunistas que lo convirtieron en un mito. Los dominicales de monseñor Romero que fueron elaboradas en su parte teológica o doctrinal por el jesuita Jon Sobrino y Jesús Delgado, y en su parte política por los jesuitas Ignacio Ellacuría y De Sebastián, todos de la UCA. Se repitió por la radio y se publicó a profusión durante una buena temporada la parte de la homilía de monseñor Romero que dijo en la víspera de su asesinato, domingo 23 de marzo, en la que incitaba a los soldados y tropas a la rebelión, para que no obedeciesen a sus superiores negándose a matar al enemigo, la guerrilla comunista.

Aparecieron después nuevas organizaciones de apoyo de los grupos combatientes comunistas con el nombre de monseñor Oscar Arnulfo Romero; se escribieron poemas, se compusieron canciones alusivas al “obispo mártir de la Iglesia Popular” como lo calificó más de algún miembro de la Iglesia Popular, y que invitaban a la lucha a favor de la causa comunista. El Papa Juan Pablo II en su visita a El Salvador pidió que se respetara la memoria de monseñor Romero”.

Hasta aquí la parte esencial del informe de monseñor Freddy Delgado, escribió este informe como secretario de la Conferencia Episcopal de El Salvador. Al final, el homicidio convino mucho más a los grupos subversivos y a los sacerdotes disidentes que al Gobierno. Pero en todo caso se trató, según todos los indicios, de un asesinato político y no de un martirio.

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